Jun
3
El Instituto de Hematología e Inmunología (IHI) Dr. José M. Ballester Santovenia fundada el primero de diciembre de 1966 dedicó a su aniversario 60 la actual graduación de especialistas de primer grado en Hematología.
Mailín Espinosa, Lisandra Hernández, Yuneisy Pairol, Pablo Quintero Álvarez y Dian Michel Santana aprobaron el examen estatal ante un tribunal del Hospital Clínico Quirúrgico Hermanos Ameijeiras, lo cual confirma la calidad de la formación recibida en la prestigiosa institución asistencial.
Con calificación de Excelente, sobresalieron los doctores Michel Santana y Quintero Álvarez, este último aprobado recientemente como Miembro Joven de la Academia de Ciencias de Cuba.
La incorporación de los cinco nuevos especialistas a los centros donde sean ubicados fortalece la capacidad asistencial, docente e investigativa, así como amplían el equipo médico y contribuyen a una mejor atención a los pacientes.
También garantiza la continuidad generacional del conocimiento científico y clínico, al aportar vitalidad, actualidad y compromiso al servicio, como expresara el director del IHI Dr. Wilfredo Roque García.
De manera particular, el egreso de estos especialistas favorece a los servicios de hematología con el desarrollo de nuevas prácticas, fortalecimiento del trabajo en equipo y la consolidación de la calidad de los cuidados especializados.
Quien termina la carrera de Medicina recibe el título de Doctor en Medicina, y de matricular luego una especialidad, habrá de llamársele residente cuando participa del posgrado clínico donde realiza una formación práctica y es tutorado en escenarios reales.
Después de la residencia sigue normalmente en el ejercicio como Especialista de Primer Grado y, en algunas áreas, posteriormente se contempla la posibilidad de obtener el Segundo Grado o continuar estudios de superación, maestrías o doctorados científicos; pero ya no como parte de la llamada residencia médica.
Fuente: Tribuna de La Habana
Jun
3
La historia de la vida compleja en la Tierra podría no haber comenzado donde, durante décadas, creyó la ciencia. La imagen tradicional describía a los primeros eucariotas —los organismos que dieron origen a plantas, animales y hongos— flotando en las capas superficiales de mares ricos en oxígeno. Pero, una investigación internacional acaba de desmontar buena parte de esa idea. Según el estudio, aquellos seres microscópicos pasaron cientos de millones de años confinados en el fondo oceánico, atrapados en pequeños refugios, donde apenas existía oxígeno suficiente para sobrevivir.
El hallazgo obliga a revisar no solo el origen de los eucariotas, sino también una de las preguntas más persistentes de la biología evolutiva: por qué la vida tardó tanto en diversificarse.
La investigación fue encabezada por Maxwell Lechte, de la University of Sydney, junto a científicos de la University of California, Santa Barbara y la McGill University. El equipo estudió fósiles hallados, en el norte de Australia, con una antigüedad de unos 1 750 millones de años. Los restos muestran que aquellos organismos ya poseían células con núcleo y compartimentos internos especializados, rasgos que los diferenciaban de las bacterias más primitivas.
Sin embargo, el dato más relevante no estaba únicamente en la complejidad celular, sino en el lugar donde vivían.
Un océano hostil y pequeños refugios de oxígeno
Los científicos trabajaron en las cuencas de McArthur y Birrindudu, en Australia, una región que hoy parece dominada por sabanas y terrenos secos, pero que, en el Proterozoico, formaba parte de un extenso mar interior, poco profundo. A partir de perforaciones a gran escala, el equipo recuperó núcleos de roca sedimentaria y reconstruyó las condiciones químicas de aquellos océanos remotos.
Tras analizar miles de microfósiles, detectaron un patrón repetido: los eucariotas solo aparecían en sedimentos formados en zonas oxigenadas del lecho marino. No estaban distribuidos libremente en toda la columna de agua. Vivían asociados al fondo.
La conclusión rompe con la idea clásica de un plancton temprano, extendido por los océanos superficiales. En cambio, la evidencia apunta a pequeños oasis de oxígeno dispersos, en un planeta donde gran parte de los mares permanecía anóxica, es decir, prácticamente sin oxígeno.
Ese aislamiento podría explicar el llamado periodo de «los mil millones aburridos», una etapa de la historia terrestre caracterizada por una aparente lentitud evolutiva. Durante ese intervalo, la vida compleja existía, pero parecía incapaz de expandirse o diversificarse de manera significativa.
La química de las rocas cuenta otra historia
Para reconstruir aquel escenario, los investigadores recurrieron a técnicas geoquímicas avanzadas. Examinaron elementos, en especial, sensibles al oxígeno, como hierro, molibdeno, vanadio y uranio. La manera en que esos metales se depositan en los sedimentos cambia según la cantidad de oxígeno presente en el agua.
Los resultados mostraron una correlación: donde aparecían señales químicas de oxidación, también surgían los microfósiles eucariotas.
El análisis de minerales como la pirita reforzó la misma idea. Los organismos evitaban las zonas privadas de oxígeno en su totalidad. Eso sugiere que ya dependían de procesos metabólicos aerobios y que, probablemente habían incorporado mitocondrias, las estructuras celulares responsables de producir energía, mediante respiración oxigenada.
Esa adaptación fue decisiva para la evolución posterior de la vida compleja, aunque durante mucho tiempo no bastó para convertir a los eucariotas en dominadores del planeta.
El largo estancamiento de la evolución
Uno de los problemas históricos de la biología evolutiva ha sido la diferencia entre los llamados relojes moleculares y el registro fósil. Los análisis genéticos sugieren que los eucariotas surgieron hace más de 2 000 millones de años, pero los fósiles muestran una diversidad muy baja durante casi mil millones de años más.
La nueva investigación ofrece una posible respuesta: el problema no era la falta de capacidad evolutiva, sino la ausencia de ambientes habitables. Los organismos permanecían atrapados en nichos muy limitados del fondo oceánico, sin espacio para expandirse ni colonizar otros ecosistemas.
La transición hacia formas de vida planctónicas ocurrió mucho después, hace alrededor de mil millones de años. Solo entonces los eucariotas comenzaron a dispersarse masivamente por los océanos. Ese cambio coincidió con una mayor oxigenación marina y con la aparición abundante de biomarcadores moleculares como los esteranos en el registro geológico.
Las dudas que todavía persisten
Aunque el estudio, publicado en la revista Nature, ha generado gran interés, no todos los investigadores interpretan los resultados del mismo modo.
La paleobióloga Emmanuelle Javaux considera que la conclusión podría ser demasiado amplia. En su opinión, algunos de los microfósiles analizados podrían corresponder a procariotas difíciles de distinguir, lo que dejaría abierta la posibilidad de que ciertos linajes eucariotas ya estuvieran explorando formas de vida planctónica.
Otras hipótesis recientes también discuten el papel exclusivo del oxígeno. Algunos científicos sostienen que el verdadero obstáculo para la expansión de la vida compleja fue el hierro disuelto en los océanos antiguos. En concentraciones elevadas, este metal puede resultar tóxico para células complejas y provocar ferroptosis, un tipo de muerte celular asociada al daño oxidativo.
Desde esa perspectiva, la evolución no habría estado frenada solo por la falta de oxígeno, sino por un ambiente muy hostil desde el punto de vista químico. Los eucariotas solo habrían prosperado cuando los niveles de hierro disminuyeron y permitieron una mayor estabilidad celular.
La temperatura de los océanos también aparece en el debate. Investigaciones publicadas en Precambrian Research sostienen que los mares del Proterozoico eran, de manera considerable, más cálidos que los actuales. Ese calor extremo habría limitado la fisiología de los primeros organismos aerobios y reducido sus posibilidades de diversificación.
Según esa línea de trabajo, los grandes eventos de oxigenación no siempre coincidieron con explosiones de biodiversidad. El verdadero detonante habría sido el enfriamiento progresivo de los océanos.
Existe, además, otra hipótesis más radical: que algunos ancestros eucariotas pudieron surgir en ambientes sin oxígeno. Hoy se conocen numerosos eucariotas capaces de vivir en condiciones anóxicas, gracias a relaciones simbióticas con bacterias. Esa posibilidad sugiere que la adaptación al oxígeno, quizá, ocurrió después y no en las primeras etapas evolutivas.
Sin embargo, los datos obtenidos en Australia parecen contradecir esa idea. En las capas rocosas carentes de señales químicas de oxidación, los investigadores casi no encontraron rastros de eucariotas.
Lo que este hallazgo cambia
Las implicaciones de este estudio van más allá de la historia temprana de la Tierra. También afectan la búsqueda de vida en otros mundos.
Hasta ahora, muchos programas de exploración espacial han considerado el oxígeno atmosférico como uno de los principales indicadores de habitabilidad. Pero, la Tierra primitiva demuestra que la vida compleja pudo sobrevivir durante millones de años en un planeta, con menos del uno por ciento del oxígeno actual. Eso obliga a ampliar los criterios con que se buscan biosferas extraterrestres.
La imagen que emerge de esta investigación es menos épica y mucho más precaria que la visión clásica de océanos rebosantes de vida. Nuestros ancestros celulares no prosperaron en mares abiertos y abundantes, sino en estrechos refugios del fondo marino, rodeados por ambientes hostiles. Allí, permanecieron durante eras enteras, sosteniendo una existencia limitada, mientras el planeta cambiaba lentamente a su alrededor. Solo cuando la química de los océanos dejó de jugar en su contra, pudieron abandonar esos oasis invisibles y extenderse por el resto del mundo.
Fuente: Juventud Rebelde
Jun
3
En Matanzas, el nombre del doctor Juan Carlos Perdomo Arríen suele aparecer allí donde comienza una historia de vida. Su trayectoria, dedicada a la genética médica, lo ha vinculado desde 1987 a uno de los instantes más decisivos para las familias: la llegada de un hijo y la prevención de enfermedades durante el embarazo. Jefe del Grupo Provincial de la especialidad y presidente de su capítulo científico, ha hecho de la ciencia un ejercicio constante de cercanía y compromiso.
No es raro que, al caminar por la ciudad, las parejas lo reconozcan y lo saluden con afecto. En cada uno de esos gestos hay memoria y gratitud: ha acompañado el nacimiento de miles de niños y niñas y, sin proponérselo, se ha convertido en una especie de padrino para quienes conoció incluso antes de nacer, cuando apenas eran fetos de más de 16 semanas.
Exigente consigo mismo ha participado en estudios e investigaciones sobre gemelos, centenarios en Cuba, mestizaje, así como sobre el impacto de la covid-19 y las arbovirosis en el embarazo.
Su trayectoria acumula reconocimientos como la medalla Jesús Menéndez, la distinción Manuel Piti Fajardo y, más recientemente, la Orden Lázaro Peña de III Grado.
Sin embargo, lejos de los méritos formales, insiste en que las verdaderas medallas son invisibles: aquellas que se quedan en el alma tras años de entrega, exigencia y servicio al pueblo y que distingue a una especialidad, un programa, y un colectivo.
Su vocación nació temprano, desde los años de preuniversitario “Siempre estuve convencido de que quería ser médico… siempre he tenido una inmensa vocación de servicio”, recuerda.
Esa convicción ha estado acompañada por una visión profundamente humanista de la medicina. Para él, ejercerla implica renuncias.
“Es darte a los demás a través de ti, porque eso justamente es lo que cura”.
De ahí que no conciba la medicina como un acto limitado al espacio hospitalario. “La bata es un simple atributo. La medicina es un sentimiento… hay que amarla por vocación y para una entrega total”.
Su llegada a la genética clínica no fue planificada. Respondió más bien al contexto de una especialidad que comenzaba a desarrollarse en Cuba y que entonces era poco conocida.
“Me hice genetista clínico no por orientación profesional… era una especialidad joven, incluso elitista en el mundo”.
Tras graduarse, formó parte de los inicios del programa de Medicina General Integral en Matanzas. Más tarde, gracias a sus resultados académicos, continuó su formación en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas “Victoria de Girón”, en La Habana, durante cuatro años.
A finales de los años 80 regresó a la provincia y se integró al desarrollo de la genética médica, entonces con escasos especialistas. Desde 1998 ha asumido responsabilidades en la dirección de estos servicios, función que ha sostenido durante décadas.
Fuente: Juventud Técnica
