May
27
El premio nacional a la Innovación Tecnológica, recién otorgado por el Citma, no nació en laboratorios del Primer Mundo ni con equipos de última generación. Nació en el hospital Roberto Rodríguez, de Morón.
El hombre tiene el pelo largo y la mirada quieta. No es un hombre de prisas. Cuando habla, parece que está desarmando un reloj: pieza por pieza, con una paciencia que solo dan los años de mirar dentro de cabezas ajenas.
Hay médicos que salvan vidas y médicos que, además, las entienden.
Ángel Jesús Lacerda Gallardo pertenece a ese segundo grupo, el más escaso, el que no se mide con títulos sino con la manera de mirar al otro. Por eso, cuando el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) le entregó el Premio a la Innovación Tecnológica por su trabajo en el tratamiento del traumatismo cráneoencefálico grave, nadie que lo conozca se sorprendió.
Lo sorprendente, quizá, es otra cosa: que este hombre de voz pausada, hijo de un músico mayor, se haya pasado la vida entera tratando de entender eso que nos gobierna sin pedir permiso. Eso que llamamos cerebro.
Delante del «doctor Lacerda» –como suelen llamarle quienes lo conocen y quienes no– el currículum se queda mudo. No hay hoja que imprima la pasión de sus postulados, ni resumen que atrape la sencillez redundante de sus principios.
No es contradicción. Es apenas un hombre bueno que ama al ser humano. Y también un neurocirujano que le ha sumado hallazgos a la ciencia. Un ser cabal hasta en sus rincones más apartados, esos donde, con ingenio de equilibrista, ha logrado ser padre, esposo, profesor, doctor. Todo a la vez. Todo en uno.
Lacerda Gallardo creció entre acordes y partituras como quien respira. Su padre –maestro de músicos, creador de oficio y temple– debió mirarlo alguna vez con extrañeza.
La neurocirugía fue su destino. El canto, su fuga. O quizá al revés: tal vez la música fue lo primero, y después, por algún resquicio de ese mismo temple artístico, le entró también la vocación de salvar vidas. Lo cierto es que el hijo del maestro Lacerda Adán no dejó morir la herencia: la transformó. Cambió los escenarios por los quirófanos, pero conservó la afinación del alma.
No hay oficio que haya ejercido a medias. Todos los ha vivido en grado superlativo, y con una virtud que asombra: ninguna prioridad relega al resto.
Se ha dado el lujo de presidir la sección de trauma craneoencefálico de la Sociedad Cubana de Neurología y Neurocirugía -y al mismo tiempo, tener tres hijos-. Está felizmente casado, y aun así le dedica madrugadas enteras a ampliar sus conocimientos. No es un hombre dividido: es un hombre multiplicado.
Tanta gente confía en él. Tantos creen que en su cerebro está el éxito de otros, que de sus manos, del filo de sus certezas, depende la vida que sigue. Por eso, cuando Lacerda entra al salón de operaciones y se enfrenta a los aneurismas, lleva sobre sí un peso enorme. Un peso que, hasta ahora, ha podido cargar.
Los números hablan: Con el proceder quirúrgico «Craniectomía descompresiva para la hipertensión intracraneal en el trauma craneoencefálico grave», se logró reducir la mortalidad del 80 % al 31 % y eso constituye un impacto para la salud de las personas que sufren de este tipo de traumatismo.
¿Que no tuviera ambiciones? Claro que sí. Quien diga lo contrario no ha visto sus manos sobre un cráneo abierto. De lo contrario no sería ese doctor que ha introducido en la isla depuradas técnicas científicas con nombres que erizan y cargan el peso de años de ensayo: «fijación interapofisaria translaminar percutánea», «neuromonitorización continua de la presión intracraneal en el trauma craneoencefálico». Habilidades que, traducidas al lenguaje del más simple de los mortales, significan una sola cosa: vida.
Y ahora acaba de obtener el Premio a la Innovación Tecnológica, otorgado por el Citma, con el trabajo «Tecnología para el tratamiento integral al traumatismo cráneoencefálico grave», en el que participaron otros cinco especialistas del hospital Roberto Rodríguez, de Morón.
No se crea que carece de emociones. Al contrario. Se puso tan nervioso el día que le dieron un Geely –un carro nuevo, regalado por el Ministerio de Salud–: «No me costó nada, no tuve que pagar nada», dice feliz.
Mucho. Demasiado hemos hablado hasta aquí y se me ocurre la pregunta por la que estoy sentado frente a él:
–¿Por qué el cerebro?
–Porque ahí dentro vive alguien que no conocemos –dice y se ríe–. Y ese alguien decide quiénes somos.
Recuerdo entonces lo que él mismo me contó una vez que aprendió a mirar antes que a ver. Que cuando era niño inyectaba a los vecinos con un lápiz, y que eso, de alguna manera, era ya una forma de ternura.
«La primera vez que abrí un cráneo –continúa, y sus dedos dibujan en el aire una curva que no termina– pensé: esto es un universo. Y no he dejado de pensarlo desde entonces.
«El cerebro humano se parece a un universo en miniatura: nadie ha visto sus fronteras, nadie ha contado sus estrellas. Cien mil millones de neuronas se encienden y apagan en una sinfonía que llevamos dentro sin saber cómo la dirigimos.
«Los neurocientíficos han mapeado regiones, han nombrado lóbulos, han medido sinapsis con la paciencia de cartógrafos del infinito. Pero aún no explican por qué un recuerdo emerge intacto décadas después, o por qué soñamos con rostros que nunca vimos, o cómo es posible que un hombre como Lacerda opere un aneurisma con precisión milimétrica mientras, en algún rincón de su propia cabeza, guarda la letra de una canción de Los Selectivos, el grupo musical que integré en mi infancia.
«El cerebro es, quizá, el único órgano que se estudia a sí mismo. Y ahí radica su mayor paradoja: el instrumento que intenta descifrar el misterio es, al mismo tiempo, el misterio mismo.
«Los antiguos egipcios lo desechaban durante la momificación, convencidos de que el corazón era la sede del alma. Tuvieron que pasar siglos para que aprendiéramos a nombrar la amígdala, el hipocampo, la corteza prefrontal –catedrales diminutas donde habita el miedo, la memoria, la decisión. Y todavía hoy, con resonancias magnéticas, con inteligencias artificiales que imitan sus redes neuronales, el cerebro se nos escapa como el agua entre los dedos. ¿Por qué una descarga eléctrica devuelve la luz a quien vivía en sombras depresivas? ¿Dónde se guarda eso que llamamos conciencia?
«La ciencia avanza, abre puertas, enciende luces en la oscuridad. Pero el corredor no tiene fin. El cerebro es ese universo que sigue siendo el lugar más inexplorado del ser humano. Y quizás por eso nos fascina tanto».
Hubo un día en que el doctor Ángel Lacerda sostuvo entre sus manos el origen de todo. No era un aneurisma anónimo. Era el cerebro de su madre. El mismo cerebro que lo había mimado cuando él era apenas un bebé que lloraba por leche y sueño. El mismo que le enseñó las primeras palabras –mamá, agua, luz–, que le susurró los nombres de las cosas antes de que él supiera nombrarlas. El mismo que, en algún momento de la infancia, le ordenó al niño bellaco: «siéntate», «come», «no corras». Ese cerebro. Justo ese.
Y allí estaba, abierto sobre la mesa del quirófano. Palpitante. Vivo. Con sus circunvoluciones henchidas de historia familiar. Lacerda no lo contó con estrépito, no lo publicó en revista científica alguna. Pero quien lo escuchó supo que aquello no era una cirugía: era una ceremonia.
El hijo convertido en cirujano de la mujer que le dio la vida, devolviéndole con sus manos lo que ella un día le entregó con el vientre. Los mismos dedos que aprendieron a atar zapatos ahora bailaban con precisión milimétrica sobre la corteza más amada. Y cuando al fin la madre despertó y pidió un vaso y una cuchara, Lacerda sintió que el mundo, después de tanto escalpelo y tanta ciencia, por fin tenía sentido.
«Lo más difícil –dice– no es la técnica. Lo más difícil es recordar que el otro lado del bisturí hay alguien que también ha amado».
Quedó entonces con esas imágenes que no se van: el paciente de los cinco aneurismas, las nueve horas de cirugía, aquel hombre que se salvó y que quizás hoy camina por cualquier calle de Morón sin saber que aquí, en esta sala, un médico de pelo largo todavía lo recuerda. También pienso en su madre educadora y de sentimientos sanos, en el padre músico, en las giras con Los Selectivos, en aquel guajirito que pisó grandes centros científicos y supo, con esa claridad que dan los años, que su lugar era otro. Más pequeño. Más suyo. Más adentro.
Y entonces me viene una certeza: que el doctor Lacerda no buscó ciudades, prestigios, altos centros científicos, reconocimientos… El destino estaba en una sala de operaciones, con una bata blanca que ya no es tan blanca por el sobreuso, y un estetoscopio colgando como un amuleto. Ahí, entre el silbido del ventilador y la promesa de una nueva madrugada, encontró su destino; más bien, sin buscarlo, lo construyó. Hoja por hoja. Neurona por neurona.
May
22
El reconocido gastroenterólogo espirituano Oscar Pérez Rodríguez, Oscarín, ha compartido por 40 años el magisterio de la Medicina y la fe religiosa.
Hacedor de discípulos, conocedor del equilibrio entre la ciencia y la fe religiosa, el doctor espirituano Oscar Pérez Rodríguez, conocido como Oscarín, especialista de segundo grado en Medicina General Integral y en Gastroenterología, ejerce esta profesión desde hace 40 años y confiesa es un hombre dichoso por la familia que construyó y por las tantas horas de su vida entregadas a la atención de sus pacientes.
“Siempre he dicho y mantendré esa frase que he sido una persona muy dichosa, por los padres que me engendraron y por la familia que logré concebir: mis dos hijos, mi esposa, mis nietos… Nací de unos padres de 42 y 43 años que me vieron crecer con la duda de si me veían grande, habían perdido a su hija de un día para otro en el año 1956 por tétanos, quisieron tener otro hijo y este hijo nació un 30 de diciembre de 1958.
“Nací en un lugar donde no había corriente, ni médicos y un primo hermano de mi madre, el doctor Félix García Rodríguez, Felicito, uno de los 3 000 médicos que se quedaron luego del triunfo de la Revolución, fue quien le hizo el parto a mi madre y, luego con el tiempo, era yo todavía un niño, cargué su maletín de médico por la ciudad de Santi Spíritus. Ahí nació mi vocación, esta que he vivido a plenitud durante 40 años”.
PRÉDICA AL LADO DEL PACIENTE
Su voz, que predica y al mismo tiempo enseña, recorre los días de fundación del Programa del Médico y Enfermera de la Familia en el municipio de Sancti Spíritus. Recién graduado de Medicina en 1986, comenzó a dar alas a los sueños de Fidel de que el médico estuviera al lado de la cama del paciente y fuera, además, el guardián de su salud.
En el consultorio número cinco del barrio de Kilo-12, cuenta el doctor Oscarín, “aprendí a vivir dentro de la comunidad, conocí los problemas sociales y familiares y tuve que enfrentarlos con la poca experiencia profesional que tenía, pero lo hice con mucha entrega y me quedaron
muy buenos recuerdos y pacientes que no me han olvidado. “Realmente fueron años que me ayudaron mucho en mi formación, de hecho, me gradué como especialista de Medicina General Integral (MGI), luego ocupé cargos administrativos y, posteriormente en 1995, decidí realizar la segunda especialidad, Gastroenterología, a la cual he dedicado mi vida; pero no me he divorciado de la Medicina General Integral, porque todas las experiencias vividas se llevan siempre en la práctica diaria y en la docencia”.
El servicio de Gastroenterología del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, de Sancti Spíritus, se ha convertido en su segunda casa. Dicho por el doctor Oscarín, allí encontró las primeras manos guías en este largo camino, sobre todo, la del padre de la especialidad en la provincia, el doctor Rafael López Rocha.
“Así comencé mis pasos en la residencia, independientemente de que roté, también, por el Instituto de Gastroenterología, de La Habana, y ya como especialista he dedicado toda mi vida a la asistencia directamente y a la docencia y he asumido, indistintamente, la dirección del servicio y de la especialidad en la provincia. Siempre hablo de la familia de Gastro, porque realmente este equipo es una familia”.
En Guatemala, 2010 y Mozambique, 2017 nacieron otras lecciones de la Medicina que sirve al prójimo y salva.
“Ya le dije, nací de padres ya viejos y esperé a que mi madre se fuera de este mundo para salir a mi primera misión en Guatemala. Fui como especialista en MGI y estuve muy vinculado a una población con diversos dialectos, costumbres. Atendimos pacientes en lugares de mucha pobreza, donde había mujeres trabajando con tres y cuatro niños a su alrededor, son experiencias que te marcan para toda la vida.
“Guatemala me enriqueció en lo científico y en lo humano. Recuerdo con dolor, y a la vez con gratitud, una niña de 13 años que había sido violada y sus padres la trajeron para que yo diera el diagnóstico junto con los médicos legales. Pasó el tiempo y casi al regreso de la misión fui invitado para que fuera a los 15 de esa niña que ya era madre. Esa imagen la conservaré por siempre.
“Mozambique fue otra gran oportunidad profesional, siempre supe que África podía redondear mi formación, allí trabajé durante tres años y medio. Siempre vi mucha gratitud en las personas. Veían a un cubano en cualquier calle y ahí aparecía el que había estudiado Medicina en Cuba, el que había ido de niño para la Isla de la Juventud y se había hecho ingeniero.
“Mozambique es un país con muchas culturas, muchos idiomas, muchas enfermedades que en Cuba no la encuentras y eso realmente me hizo estudiar, crecerme, a pesar de que ya casi iba a cumplir 60 años. Viví toda la etapa de la covid y fue muy tensa porque, además de trabajar en la parte asistencial y docente, estuve durante meses al frente de la misión en ese gran país.
“La representación cubana apoyó la reorganización de todo el sistema para combatir aquella pandemia y, lamentablemente, no pude terminar en aquel equipo porque enfermé. Durante 10 días estuve casi que acoplado en una terapia intensiva, recuerdo que le pedía a Dios que ayudara a quienes me atendían para que con inteligencia me salvaran y yo pudiera regresar a mi país sano y salvo. Y así fue”.
¿Cuándo comienza su vocación religiosa y cómo le ha servido en el ejercicio de la Medicina?
Mi vocación religiosa nació el 3 de enero de 1959, que dicen mis padres me bautizaron. Mi familia es católica práctica y desde niño visitaba la iglesia, he pasado todas las etapas por las que las religiones han transitado y mi fe se ha mantenido. En la actualidad nos mantenemos vinculados a todos los programas de ayuda humanitaria que tiene la iglesia católica a través de Cáritas y esto me ha hecho que yo vea al ser humano como decía el Papa Francisco, nunca de rodillas, y si lo vemos de rodillas hay que brindarle la mano para levantarlo, no para mirarlo con desprecio.
No ha habido nunca en mí, como persona y en mi formación, una discordancia entre la ciencia y la religión. Para mí, lo fundamental es amar a Dios sobre todas las cosas y servir a las personas, al ser humano, como lo merece.
Creer en la ciencia no es disgregación de los seres superiores porque Dios nos concibió y todo lo que en nuestra formación se va produciendo significa progreso. Entre religión y ciencia no hay disgregación.
De hecho, ¿cuántas personas como el Padre Félix Varela, Carlos J. Finlay y hombres de ciencia en la actualidad, tanto en Cuba como fuera de ella, son religiosos?
¿Qué le pido a Dios todos los días? Que me dé salud para disfrutar de mis hijos, de mis nietos, de mi familia, de mis pacientes para poderlos ayudar a todos.
Después de 40 años, ¿qué mandamientos considera deben guiar el ejercicio de la Medicina?
En primer lugar, yo les digo a los estudiantes que el mejor instrumento o el mejor accesorio que debe tener un médico es la silla, y me refiero a la silla donde nos sentamos porque es de esta manera que usted logra ver entrar el paciente a la consulta, observa su rostro, la forma en que deambula, si respira bien, si su cara expresa dolor o gratitud. Estoy en contra de las consultas con el paciente parado, yo de pie no atiendo a nadie.
Trato de que las consultas mantengan su privacidad, porque los médicos somos como los sacerdotes en esa cooperación, en esa escucha porque las personas quieren contarte sus intimidades. Lo importante de un médico es saber que es médico todos los días de su vida.
¿Qué edad tiene usted, doctor?
Tengo cumplidos 67 años. Si me preguntara hasta cuándo voy a trabajar, diría: hasta que Dios lo permita.
May
20
Desde hace dos años, en Sinaloa trabajan 80 médicos cubanos y desarrollan sus actividades en las zonas “más difíciles”, a las que “nadie quiere ir” por la lejanía de las comunidades y por la inseguridad, afirmó Julio César Quintero, coordinador de IMSS-Bienestar en la entidad.
La mayoría son médicos familiares asignados a centros de salud y, aunque tienen la mejor disposición y la gente los quiere, con frecuencia se tienen que cambiar a algún hospital por el cierre de la unidad de salud “cuando se agudizan los conflictos y aumenta el riesgo por la violencia”.
Así pasa con frecuencia en Badiraguato, San Ignacio, Tamiapa y Choix, entre otros municipios de la sierra, comentó el funcionario.
Quintero admitió que incluso los cubanos sabían del riesgo y tenían temor, pero ahora es común escucharles decir que ya no se quieren ir.
“Sí, hay problemas, pero la población los adopta; tienen buena relación porque, además, los doctores son empáticos con las personas y los problemas de salud que enfrentan. Tienen muy buen trato con los pacientes y sus familias”.
Durante la visita que realizó La Jornada a la entidad había entre 10 y 15 médicos cubanos que se vieron obligados a dejar los centros de salud porque fueron cerrados. “Una vez que se reabran, se les regresa”, indicó Quintero.
Entre los especialistas también están un nefrólogo, un médico internista y un traumatólogo que de igual forma contribuyen con la prestación de servicios de salud en el estado.
Aunque Sinaloa registra un buen nivel de bienestar en su población, también enfrenta desafíos en el acceso a los servicios médicos en lugares como El Carrizo, municipio de Ahome, donde hay un hospital que se construyó en 2020 pero no se ha podido contratar personal médico y servicios como cirugía general no se pueden ofrecer a los pacientes.
Algo similar ocurre en Villa Juárez, municipio de Navolato, donde viven alrededor de 45 mil personas, la mayoría migrantes y con problemas complejos por el consumo nocivo de alcohol y adicciones.
En el lugar hay un centro de salud, pero se necesita un hospital y hay un proyecto que ya conoce la presidenta Claudia Sheinbaum. Se planea construir un nosocomio integral con 12 camas y las especialidades básicas: medicina interna, ginecología, pediatría y cirugía general.
Fuente: Cubadebate
