BAYAMO, Granma. — Varias veces vi, durante la entrevista, realizada en su casa de la calle La Bayamesa, en la Ciudad Monumento, cómo se le humedecían los ojos, mientras hablaba.

Era entendible: hacía confesiones sobre sus hijos, narraba los 13 días en que uno de ellos estuvo muy grave, del cáncer que venció en su propio ojo, de las tres misiones internacionalistas que rechazó para quedarse a cuidar a los suyos.

A sus 53 años, Yelaines Emilia Álvarez Fernández, especialista en Oftalmología, y hoy, al frente del Centro Provincial de Retinosis Pigmentaria, no es de esas personas que cuentan su vida con distancia. La cuenta con el corazón en la mano y cada palabra estremece.

Abel de Jesús Moreno Álvarez llegó al mundo el 16 de marzo de 2005. Andrés de Jesús, el 15 de septiembre de 2006. Los dos embarazos fueron muy deseados por ella —parió al primero a los 33 años y al segundo a los 34—, pero el último generó un sismo familiar, porque el niño vino al mundo con una atresia esofágica con doble fístula toraco esofágica.

Los cirujanos del hospital Carlos Manuel de Céspedes lo intervinieron, a las seis horas de nacido, para lograr una conexión normal entre el esófago y el estómago. «Fueron 13 días críticos, 13 días en que no pude ver a mi otro peque; me fui pensando que iba a ser una cesárea y que iba a retornar a los tres días, pero no pude regresar. El niño estuvo en la terapia intensiva de neonatología con un pronóstico muy crítico de que, si se salvaba o no se salvaba», narra con la voz entrecortada.

Después vino un desarrollo sicomotor vigilado, el susto de cualquier travesura infantil, la posibilidad de un daño neurológico… Por fortuna, Andrés creció sano, y hoy es tan roble como su hermano.

Yelaines se inclinó a la medicina por los consejos de su primo Rafael Vázquez Fernández, el célebre cirujano que lideró el equipo multidisciplinario que, en diciembre de 1973, separó a las hermanas siamesas de Las Tunas. Y el peso de esas recomendaciones hizo que nunca mirara atrás.

Ella recuerda, por ejemplo, que sus niños llegaron en medio de su formación como oftalmóloga, que tuvo que dejar de amamantar para comenzar la residencia, la cual incluía guardias cada tres días, seminarios, pases de visita, consultas, más la Operación Milagro, «que eran horas interminables haciendo cirugía».

Admite que la doctora Mayra Gutiérrez, jefa de servicio en ese momento, la impulsó, en medio de su complejo escenario familiar, a terminar la especialidad. «Estuve en mi residencia hasta que me llegó la licencia de maternidad, operando, embarazada».

Los ojos vuelven al lenguaje de la humedad cuando van goteando los recuerdos. «Ellos decían que una piernita era de uno y la otra era del otro. Así se dormían. Y después de las dos piernitas, mamá tenía que estudiar. A veces amanecía estudiando, empataba con el otro día, preparaba todo antes de irme, lo dejaba todo listo y ya sabes… me costaba trabajo, porque se quedaban llorosos cuando me iba».

Cuando le pregunté qué creía que podían sentir sus hijos por ella, Yelaines se emocionó otra vez. Con la voz discontinua respondió una sola palabra: «Orgullo».

Una marca vencida

Como si toda esta historia de montañas vencidas fuera poca, el 7 de febrero de 2014, cuatro años después de haberse graduado como especialista de primer grado en Oftalmología, Yelaines fue intervenida quirúrgicamente, en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología, de un carcinoma epidermoide del párpado inferior del ojo izquierdo, con infiltración a borde libre palpebral en su porción media.

«Yo me fui para el oncológico, me operaron, me di radiaciones y ellos pequeños. Vencí el cáncer, pero sé que eso también los marcó».

En ese tiempo, signado por las consultas y los viajes a la capital del país, su mamá, Elena Fernández Quesada, fue clave, al igual que su papá, Jesús Álvarez González, también su madrastra Gricel y sus cuatro hermanos paternos.

«Me ayudaron muchísimo con el cuidado de Abelito en sus primeros años y eso facilitó mis estudios y la atención a mi otro niño. Luego también estuvieron ahí en los momentos críticos».

Su esposo, el doctor Omar Chávez Ríos, maxilofacial, la ha acompañado durante los últimos nueve años, y ha ayudado a complementar la formación y el cuidado de los hijos.

La faceta de madre se alarga al centro provincial… porque allí muchos pacientes, incluso los mayores, la consideran una matrona tierna, que ayuda o aconseja cuando sobrevienen los problemas.

«Los pacientes de retinosis pigmentaria son extremadamente sensibles, sobre todo, los que no ven», dice, y la voz se endulza.

Habla entonces de la necesidad de diagnosticar la enfermedad tempranamente y de los obstáculos que les surgen a las personas aquejadas de retinosis: no ven de noche, les molesta la luz del sol, tienen una visión tubular (es decir, no ven hacia los laterales), los niños tropiezan, con frecuencia, y, en ocasiones, desarrollan terror nocturno. Por todo eso, hay que tratarlos con infinito amor.

Entre las anécdotas que atesora vinculadas con esa segunda casa están las de tres hermanos que padecen la enfermedad y viven en un lugar intrincado del municipio serrano de Buey Arriba. «Cuando eran pequeños les compraba juguetes o les llevaba cualquier cosa y ahora, ya grandes, me enseñan esos juguetes de aquel tiempo. Soy como su otra mamá», expresa con felicidad no disimulada.

Viaje pospuesto

En tres ocasiones le ofrecieron a Yelaines irse a cumplir misión internacionalista, y en todas respondió que no. «Me hubiera gustado vivir esa experiencia, pero no pudo ser. Yo fui de las pocas que decidió quedarse y cumplir con lo que me tocaba en ese momento, desde el punto de vista familiar, pero también desde el punto de vista profesional».

Nunca les ha dicho a sus dos retoños que fue por verlos crecer; más ellos, que ya están en la universidad —el mayor como estudiante de 2do. año de Medicina y el menor como alumno de 1er. año de Ingeniería Mecánica—, saben en el fondo la verdad.

Claro que esta doctora graduada en 1997 (especialista también en Medicina General Integral desde 2002) no se arrepiente, pues estar en Bayamo también le posibilitó cuidar a su mamá, que ya tiene 78 abriles y ha sido sometida a 11 operaciones.

Luego responde una pregunta con la mirada avivada: «Somos de una generación que creyó, que ama lo que hace, soy médico porque me gusta, porque no hay nada más satisfactorio para mí que la sonrisa de mis pacientes».

Al despedirme, pensé en todo lo que había escuchado con fascinación; en la fuerza de esta mujer, repetida en otras como ellas, que permanecen en el anonimato; en la pureza de una persona expuesta a tantas pruebas, en la grandeza indescriptible del alma de una madre.

Fuente: Juventud Rebelde