Abr
14
En las terapias intensivas del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, la batalla por cada latido se libra con profesionalidad y el deber de no ceder. Dos especialistas, Malena Morena Campo y Yeily Cancio Aquino, revelan el rostro humano de un servicio que no se rinde.
A las 3:17 a.m., cuando todo parecía en pausa dentro del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, una camilla atravesó el pasillo sin margen para la duda: alguien llegaba peleando por la vida.
El paciente no hablaba. No podía. Llegó con el cuerpo vencido por un paro cardíaco y la piel teñida por esa palidez que, en medicina, anuncia fronteras peligrosas. Lo acompañaban dos enfermeras, un médico con el rostro tenso y una certeza compartida: cada segundo podía inclinar la balanza hacia la vida o hacia la muerte.
La escena no fue improvisada. En una terapia intensiva nada se deja al azar. Las manos se movieron con una precisión que no admite distracciones. Compresiones. Ventilación. Monitoreo. Una vía. Otra. Adrenalina.
La secuencia avanzó como una coreografía aprendida en años de guardias, noches y pérdidas. Nadie hablaba más de la cuenta. Nadie alzaba la voz. En esos momentos, el hospital entero se concentraba en una sola función: sostener un latido.
A los pocos minutos, el monitor, que hasta entonces había sido una superficie muda, devolvió una señal. Después otra. Luego una curva temblorosa, todavía insegura, pero viva. El paciente seguía grave. Muy grave. Sin embargo, había esperanza. Y en torno a esa recuperación provisional comenzaba a revelarse la verdadera dimensión de las terapias intensivas de Sancti Spíritus.
Cinco salas para sostener la urgencia
El hospital espirituano sostiene hoy cinco terapias activas, cada una con una función precisa dentro del circuito asistencial del paciente grave. No es un lujo. Es una necesidad. Y tampoco es un dato menor en un país donde las limitaciones materiales obligan a revisar cada jornada, cada recurso, cada decisión.
La doctora Malena Morena Campo, especialista de segundo grado en Terapia Intensiva y Emergencia y coordinadora de las terapias, lo explica con la serenidad de quien conoce el peso real de las palabras: “A pesar de las actuales limitaciones que enfrenta el país, nosotros jamás hemos pensado cerrar ni una sola de las terapias”, afirma.
“Cada una cumple una función y atiende a un grupo de pacientes que requieren de sus cuidados”.
En su descripción, la arquitectura del servicio adquiere una lógica clara porque, según la evolución clínica, el enfermo puede ser derivado a intermedia, cardiología, neurología o intensiva. Cada espacio tiene un papel definido, una responsabilidad concreta y un equipo que responde por él.
La coordinadora insiste en que, aun con déficit de insumos y carencias de equipo, la asistencia no se ha interrumpido. “Hasta el momento tenemos lo necesario para poder atender al paciente”, dice.
La frase, sencilla en apariencia, contiene detrás un esfuerzo cotidiano que no se ve desde fuera. Porque sostener cinco terapias en funcionamiento no significa solo abrir puertas. Significa reorganizar turnos, redistribuir cargas, priorizar ingresos, improvisar soluciones y hacer del orden una herramienta de supervivencia.
Y, sobre todo, darlo todo por el paciente grave.
La noche como escenario clínico
Si el día en un hospital ya es exigente, la noche en una terapia intensiva es complejísima. Allí el sueño se vuelve privilegio ajeno. Cada ingreso puede alterar por completo la dinámica de la sala. Cada alarma del monitor obliga a una respuesta inmediata. Cada cambio en la condición del paciente convierte la quietud en una ilusión.
Malena lo dice sin dramatismo, pero con la contundencia de quien vive así desde hace años: “El médico intensivista pasa noches de desvelo, porque los pacientes graves llegan en cualquier momento”.
No hay descanso pleno. Hay pausas breves entre un ingreso y un pase de visita. Hay medicaciones que no siempre están a mano y deben pedirse por urgencia. Hay sustituciones, equivalencias, ajustes. Hay una ética profesional que no concede tregua.
A veces, explica, los medicamentos disponibles no coinciden con los ideales. Entonces se recurre a alternativas similares hasta lograr el tratamiento más adecuado. O se gestiona por diferentes vías lo que falta, aun cuando el sistema esté tensionado por la escasez. “Se van cambiando estos por otros similares hasta que se logre tener realmente el que el paciente lleva”, precisa.
Detrás de esa respuesta hay una forma de entender el oficio: el paciente es el centro del universo.
El precio humano de salvar una vida
La medicina intensiva tiene una verdad incómoda: no siempre gana. Y cuando pierde, duele más porque ha peleado hasta el final. “Lo más difícil es ver morir a un paciente”, confiesa Malena.
No importa la edad. No importa si el enfermo es anciano, adulto o joven. La pérdida deja una marca. “Tan difícil es ver perder a un paciente joven como a un paciente mayor, porque tenemos familia y el cariño no lo podemos dividir por edades”, afirma.
Hay casos que arrastran un peso emocional todavía mayor: las maternas críticas. En ellas no solo está en juego una vida, sino dos: la madre y el niño. El criterio clínico se mezcla con una tensión afectiva comprensible. El equipo discute cada paso en colectivo, analiza, pondera, vuelve a revisar.
“Nos lleva a hacer un extra, dice la especialista. Es un momento muy delicado”, concluye.
Ese —extra— no aparece en ningún manual. Es la suma de las horas adicionales, de la vigilancia prolongada, de la duda que obliga a revisar una decisión antes de ejecutar la siguiente, del compromiso de no rendirse ni siquiera cuando el pronóstico se estrecha.
En las terapias intensivas espirituanas, salvar una vida no es un acto aislado. Es una cadena de esfuerzos que empieza en la recepción del grave y termina —cuando termina— en el abrazo al paciente que vuelve a respirar por sí mismo o en la mano que acompaña a la familia cuando la historia no pudo tener otro desenlace.
La sala que la población mira con temor
La Unidad de Atención al Grave Polivalente (Terapia Intermedia) carga con una herencia difícil. Durante años, la población la ha asociado con la muerte, con la gravedad, con los casos “sin salida”. La doctora Yeily Cancio Aquino, especialista de primer grado en Terapia Intensiva y Emergencia y jefa de servicio de esa unidad, conoce bien ese imaginario.
“Es una sala donde dicen que siempre hay muchos fallecidos”, reconoce. “La población le tiene miedo”.
La percepción pública, sin embargo, no se corresponde estrictamente con la verdad. La unidad recibe tanto a pacientes con muy escasas posibilidades de recuperación como a otros con opciones reales de salir adelante. Es, en esencia, un espacio de cuidados progresivos para el grave que necesita vigilancia estrecha y una respuesta clínica compleja.
“Es la sala del hospital donde debe atenderse a los pacientes en estado crítico”, explica Yeily.
Lo que desde afuera puede parecer una sentencia, desde dentro es una oportunidad. Allí permanecen enfermos entubados, ventilados, en shock, con enfermedades invalidantes, incluso personas encamadas. Y de allí también salen pacientes recuperados que sorprenden hasta al propio equipo médico. “Pacientes que ni nosotros confiábamos en que realmente se iban a recuperar, salen adelante”, dice.
La transformación de la mirada popular también ocurre a partir de esos resultados. Muchos familiares llegan con miedo y salen con gratitud. Algunos admiten que no querían entrar a la sala y luego salen recuperados.
Para Yeily Cancio, dirigir la Unidad de Atención al Grave Polivalente ha sido un reto notable. No por la novedad, sino por la complejidad del servicio. Allí confluyen múltiples interconsultas, pacientes diversos y una carga asistencial que exige coordinación fina, criterio y capacidad de respuesta. “Es una sala muy compleja”, acota.
Además, afirma, el colectivo ha logrado resultados que fueron reconocidos en el último período evaluado. “Creo que tengo un colectivo muy valioso. Todos somos buenos compañeros, nos llevamos bien, contamos unos con otros y siempre llegamos a un acuerdo”, apunta.
En ese intercambio constante se juega buena parte del éxito. La discusión colectiva no es un obstáculo, sino una herramienta. Frente al paciente crítico, ningún criterio puede quedarse aislado. La decisión se construye entre varios, desde la experiencia compartida y la responsabilidad común.
La jefa de servicio no habla en primera persona sin incluir al equipo. Y esa es, tal vez, una de las claves de la unidad: nadie se salva solo.
La trayectoria de Yeily pasó también por Venezuela, durante cuatro años y medio, en una experiencia que ella considera decisiva. Formó parte de un grupo espirituano que integró el proyecto “Haciendo futuro”, iniciado en 2007, cuando apenas se abrían los Centros de Diagnóstico Integral (CDI) en aquel país. “Fue algo trascendental en nuestras vidas”, recuerda.
Lo fue porque llegaron con la formación académica reciente, pero todavía con poca práctica real en la atención directa del grave y allí tuvieron que asumirla de golpe. “No es lo mismo ser estudiante que ser ya el responsable de todo lo que está pasando”, explica.
Aquella experiencia tuvo el valor de una escuela intensiva dentro de la propia especialidad y los médicos jóvenes aprendieron en la primera línea de la urgencia lo que después consolidarían en Sancti Spíritus: responsabilidad, criterio, temple, humanidad.
“Estábamos solos en las terapias y lo teníamos que hacer todo”, afirma.
Epílogo
En algún momento de la madrugada —no siempre a las 3:17 a.m., pero casi siempre cuando el cansancio parece imponerse— vuelve a sonar una alarma, vuelve a moverse una camilla, vuelve a activarse esa maquinaria humana que no admite pausas.
Entonces nadie piensa en estadísticas ni en carencias. Nadie se detiene en lo que falta. En las terapias intensivas del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos, todo se reduce a una idea esencial: sostener la vida un segundo más.
A veces se logra. A veces no.
Pero incluso cuando no se logra queda la certeza de que allí hay un equipo que no negocia con la derrota. Que insiste. Que vuelve a intentar. Que se queda.
Porque en código rojo rendirse nunca es una opción.
Abr
9
Las Tunas, 7 abr (ACN) El colectivo del hospital provincial Doctor Ernesto Guevara, de Las Tunas, asume el reto de continuar enfrentando con éxito las situaciones más complejas e inesperadas en momentos en que la población lo requiere para conservar su salud.
Para ello, la principal institución sanitaria de este territorio oriental cuenta con gran fortaleza en sus trabajadores, que se sobreponen a dificultades en el contexto actual, impuesto por el gobierno de Estados Unidos a Cuba, mediante el recrudecimiento del cerco económico, financiero y comercial.
La experiencia de estos años nos ha permitido prepararnos para enfrentar cualquier contingencia y enfocarnos a la aplicación del método clínico para el uso racional de los medios de diagnósticos, precisó la página web del periódico 26.
Además, se ha fortalecido la interrelación entre la atención primaria de salud y la atención secundaria como forma de mejorar la gestión y los distintos indicadores.
Se ejemplifica que en una ocasión en el hospital se vivió una dura prueba, pues con pacientes ventilados y niños críticos en la neonatología, permanecieron 40 minutos sin electricidad, con problemas en el sistema electroenergético nacional, en la línea de protección y en los dos grupos electrógenos.
Al enfrentar esa seria realidad no hubo estrés y todos los trabajadores se concentraron en sus funciones y pusieron en práctica lo que habían aprendido con anterioridad para enfrentar situaciones de contingencia.
Ante la comprensión de la importancia social de este centro y que su personal tiene las mismas carencias del resto de la población, Ómnibus Nacionales, en coordinación con Gobierno, aprobó la circulación de un transporte exclusivo para el personal sanitario, con recogida en distintos puntos a partir de las 6:30 a. m. y retorno en horas de la tarde.
Mar
26
«¿Qué hacemos cuando tenemos que subir hasta el séptimo piso a un paciente en medio de una caída del Sistema Eléctrico Nacional? Echarlo en brazos y andar escaleras arriba»
El pinchazo de «Buenos días» se ha vuelto habitual para Lisnatali y Anyeli. Tienen 17 y 16 años respectivamente y, aunque se conocen hace poco tiempo, las une una experiencia «espantosamente dolorosa» que, sin embargo, sobrellevan con tanto valor como alegría. Y esos son, sin duda, sus tratamientos más efectivos.
La mayor fue la primera en ingresar. Hace apenas un mes –después de pasar por varios centros– en el Hospital Pediátrico Docente Juan Manuel Márquez le diagnosticaron Linfoma Hodgkin de variedad esclerosis nodular. «Desde que cayó aquí le han hecho de todo: radiografía, tomografía, biopsia, medulograma, en menos de 15 días. El trato es especial, en la sala de Miscelánea, en la de Cirugía, en esta», asegura, con la esperanza en el iris de los ojos, su mamá.
La menor padece una mola hidatiforme –trastorno del embarazo acompañado por una forma de cáncer. Tras saberlo, lo primero que preguntó fue si se le caería el pelo con las quimioterapias. «Cuando escuché el “sí” yo me derrumbé. No podía aguantar el llanto, me asusté bastante. Antes de entrar mi mamá me peló». Ella y su abuela también cortaron sus cabellos. Pensó que los tratamientos la afectarían sicológicamente, pero los médicos y enfermeros no dan tiempo a que «baje el ánimo» y evitan cualquier dolor que esté en sus manos.
La una quiere estudiar sicología, para ella, para entenderse, ayudarse. Y sí, es evidente que, en buen cubano, «le nace». Ha sabido darle ánimo a su compañera de sala cuando comenzó –como a ella– a caérsele el pelo. «Es una cosa exótica», le dice. La otra estudia enfermería. «Cuando entré ya yo sabía lo que tenían que hacerme. Y cuando lo supieron aquí me hicieron partícipe de todo». Su voluntad ante lo que hoy enfrenta, su persistencia por vivir tiene mucho de ese amor por la profesión que ansía terminar de estudiar. «En cuanto salga volveré a la carrera, a hacer guardias, a ayudar», asegura con una firmeza que nadie puede negarlo.

DESDE EL LADO DE LA BATA
También la «vocación» es lo que, en estos momentos, en el que resulta complejísimo lograr un equilibrio entre las dificultades personales y laborales, hace que los especialistas cubanos de la Salud permanezcan en sus puestos de trabajo. Esa es una certeza que defiende el doctor Andy Hernández Álvarez, especialista en oncología clínica pediátrica y jefe de ese servicio en el Juan Manuel Márquez.
«El profesional que se mantenga en pie merece respeto. Nosotros elegimos quedarnos. Creo que lo más fácil es ocuparse de los problemas que nos están afectando, pero aquellos que amamos lo que hacemos y que lo sentimos en nuestra piel no podemos dejar a los pacientes atrás. Hacerlo es muy difícil: la llegada al trabajo, el transporte, el agotamiento físico y sicológico, las horas de mal sueño».
Posponer cirugías, ampliar las listas de espera, fragmentar los servicios médicos, porque los especialistas no pueden llegar, son solo algunas de las medidas que se han debido tomar en esa institución tras el recrudecimiento del bloqueo y el cerco petrolero que presiona al país.
«¿Qué hacemos cuando tenemos que subir hasta el séptimo piso a un paciente en medio de una caída del Sistema Eléctrico Nacional? Echarlo en brazos y andar escaleras arriba. Esa es la parte que las noticias del otro lado no ponen», cuestiona Hernández Álvarez.
Ese hospital es centro de referencia nacional en servicios como neurocirugía, oncohematología, siquiatría, terapia y neonatología. Es el único servicio pediátrico que recibe a los pacientes quemados, cuenta con la sala de oncohematología más grande del país, la terapia más grande de la capital. «Somos un sostén de la pediatría».
Aunque desde afuera la oncología se mira con temor, para él no es un tema difícil. «Hay otras especialidades más complicadas –asegura. Cada profesional ve las cosas desde su perspectiva». Para entenderlo hay que tener en cuanta –dice– «que yo fui paciente oncológico pediátrico a los 13 años. Sé lo que es estar del otro lado de la bata. Y eso es lo que no se le puede olvidar a ningún médico: la empatía».
De sus propias vivencias le llegó la vocación. «Siempre quise ser médico, desde pequeño quería ser veterinario. Luego comenzó mi conciencia de las enfermedades, de todas las complicaciones y supe que quería ser médico, precisamente para ayudar a aquellos que estaban en la misma situación que yo en ese momento».
COMPROMISOS
Es ese sentido de pertenencia el que, cuando la ayuda se abre paso en tiempos de asfixia, la única palabra que describe lo que sienten los trabajadores del hospital es «alivio». Porque «no existe nada más satisfactorio que tener el medicamento. El alivio es por saber que puedes tratar, que puedes continuar, que puedes luchar y, sobre todo, que puedes hacer que tu paciente permanezca».
Así se sintieron cuando el proyecto Hatuey (Health Advocates in Truth, Unity and Empathy– Defensores de la Salud en la Verdad, la Unidad y la Empatía) trajo un donativo especial para esa esa institución.
Como metáfora de proteger la ternura de la infancia ante lo efímero de la vida, medicamentos citostáticos, antibióticos, antieméticos, material gastable…coronados por juguetes, ocupaban las mesas.
Mientras, el doctor Andy explicaba –como si fuera su vida la que salvarían las donaciones– la importancia de la llegada de esos insumos salidos de los buenos deseos y el sacrificio de muchos que aman a Cuba desde distintas geografías.
«Es una realidad que nos golpea. Estamos funcionando. No hemos detenido los servicios, pero ¿saben lo que es tener un año y no parar de vomitar por la quimioterapia, y no tener los medicamentos para detener las reacciones adversas? No estamos hablando solo de salvar, sino también de tratar y de mantener la calidad de vida del paciente. Un paciente que tolera las reacciones adversas, resiste más tratamientos y se mantiene anímicamente bien».
«Quiero que no se queden con esta información, quiero que lo compartan –les dijo. Este no es solo un acto solidario, es un acto de humanidad. Están representando cómo debería ser la humanidad».
A sus palabras, la doctora miamense Nadia Marsh, integrante del proyecto Hatuey respondió: «Ustedes nos dan las gracias, pero quiero dar a los trabajadores de salud de Cuba, las gracias a ustedes, que son una inspiración para nosotros. Estamos aquí porque sirven como ejemplo para el mundo».
«Antes de venir hablé con mis compañeros en el hospital y me dijeron que cubrirían mis responsabilidades. Ellos no son activistas, son doctores regulares, pero la mayoría de las personas en EE. UU. está en contra del bloqueo y de la estrangulación que hace el imperio».
«Mis compañeros saben lo que ustedes han hecho a nivel internacional. Es un trabajo de héroes. Eso nos da fuerza para luchar. Estamos viendo que aún con el bloqueo y la falta de recursos, lo que un pueblo puede hacer cuando piensa realmente en las personas».
La solidaridad con Cuba parece algo nuevo, pero no es una flor reciente. Retoña desde hace algunos años, a sabiendas –sus cultivadores– de que el cerco imperial no es tampoco una medida reciente.
David Paul, enfermero en San Francisco, California, se llevará, a su regreso, «un compromiso», el de «no solo facilitar nueva ayuda material que merecen y requieren, sino el de educar al pueblo en ello». Y reflexionó: «¿Qué dirán en nuestros países cuando expliquemos que el bloqueo no permite que entre lo que se necesita para la vida de nuestras familias? Estamos comprometidos a seguir en la lucha», aseguró.
El doctor Andy agradece, despide a los amigos del proyecto Hatuey. Mira su reloj. Sube las escaleras hasta el séptimo piso. Suda. Recorre los pasillos con desgastadas pinturas de dibujos animados. El hospital no está al 100 % como edificación. Hay otras prioridades. «No somos una estructura, somos un corazón vivo, latiendo», lo sabe.
Continúa su recorrido por el laberinto de pasillos y salas. Pregunta en Quimioterapia Ambulatoria por sus pacientes. Sigue. Entra a la primera sala de hospitalización, Lisnatali y Anyeli sonríen junto a sus madres, les han traído un juego de parchís, como al resto de los niños que no pueden salir. Respira, abre la puerta: su «Buenos días» parece una invitación a la vida.
Fuente: Granma
