La noche en el Hospital Pediátrico de Sancti Spíritus se extendía como un hilo tenso. Afuera, el silencio; dentro, el sonido intermitente del monitor que marcaba la fragilidad de una existencia diminuta. Nadie hablaba. Sobre la mesa quirúrgica, un recién nacido de kilo y medio luchaba por sobrevivir. Era el 2 de julio de 2025. Y en esa sala, la esperanza respiraba con dificultad.

“No tiene pulso fuerte, pero tiene voluntad”, alcanzó a decir una enfermera antes de volver a su puesto.

Nadie lo sabía entonces, pero aquel bebé terminaría escribiendo una página inédita en la medicina espirituana. Su nombre: Ander, el más pequeño de dos gemelos nacidos de una misma placenta.

Ambos llegaron al mundo, marcados por el Síndrome de Transfusión Feto-Fetal (TTTS, por sus siglas en inglés), una rara complicación que amenaza los embarazos gemelares monocoriónicos. Uno de los fetos “dona” sangre al otro a través de conexiones vasculares anómalas dentro de la placenta, un fenómeno que puede dejar exhausto a uno y sobrecargar al otro.

“Es algo inusual que rompe todo equilibrio –explica la doctora Midalis Martínez Barrios, jefa del Servicio Provincial de Neonatología de Sancti Spíritus–. Si no se interviene a tiempo, ambos pueden morir”.

En Cuba no se cuenta con tecnología láser para sellar esas conexiones dentro del útero; por eso, la batalla por la vida comienza siempre después del parto.

Una placenta, dos destinos

El embarazo de Yorlennis Durán Rodríguez se siguió de cerca desde las primeras semanas. Los ultrasonidos confirmaron lo que parecía una doble alegría, pero los médicos fueron prudentes: “Es un embarazo monocoriónico, hay que vigilarlos con cuidado.”

Cuando los gemelos nacieron por cesárea, el reloj ya contaba en contra. Aron, el receptor, pesó 2 160 gramos y presentaba signos de sobrecarga circulatoria; Ander, el donante, apenas 1 286 gramos, y su respiración era débil.

“Desde el primer minuto sabíamos que sería un paciente extremo –recuerda Martínez Barrios–. Era muy pequeño, muy frágil, con anemia severa y antecedentes de TTTS”.

Durante los primeros días, el bebé “donante” sobrevivió sostenido por tubos, máquinas y la obstinación de un equipo que se negaba a rendirse. Fue entonces cuando surgió un nuevo obstáculo. “El abdomen comenzó a distenderse y la piel cambió de color –explica la doctora Midalis–. Los exámenes confirmaron lo que temíamos: una enterocolitis necrotizante (ECN) derivó en una perforación intestinal que, a su vez, puede desencadenar peritonitis, sepsis, shock y muerte. O lo operábamos de inmediato o lo perdíamos”.

Una cirugía al filo de lo imposible

Doce días después de su nacimiento, el quirófano improvisado dentro del Servicio Provincial de Neonatología se llenó de pasos rápidos y un silencio pesado. Ander, acoplado a un ventilador mecánico, estaba demasiado frágil como para ser trasladado.

“Apenas llegamos al servicio nos encontramos con un recién nacido en condiciones críticas que requería atención inmediata”, evoca el doctor Yoan Manuel Varela Rodríguez, especialista de primer grado en Cirugía Pediátrica.

No había margen para dudas ni esperas y se activó de inmediato a todo el equipo quirúrgico y anestésico: “Preparamos todo allí mismo, dentro de la sala de Neonatología, porque moverlo habría sido letal. Operamos sobre la cuna térmica, con cada uno de nosotros en posición estratégica para no comprometer la ventilación ni la temperatura del bebé, conscientes de que un error mínimo podía ser fatal”, explica el doctor Varela.

Cuando se abrió la cavidad abdominal, el panorama confirmó los temores: “Había material enteral y un edema importante en el resto del intestino –explica Varela Rodríguez–. Limpiamos, revisamos todo, suturamos cuidadosamente la perforación y colocamos un drenaje que nos permitiría vigilar cualquier complicación posterior”.

La operación duró poco más de una hora, pero cada minuto parecía extenderse eternamente. Niurvis Roche Morera, residente de tercer año, confiesa: “Nunca habíamos enfrentado un caso así. Todo podía ir mal en un segundo. Pero había algo en Ander, como si él supiera que debía quedarse”.

La recuperación exigió paciencia y precisión. Estímulos, ajuste de la nutrición, control constante de la ventilación: cada gesto era un acto de fe médica. “Fue difícil, muy difícil –confiesa el cirujano–. Un paciente así, con todas estas complicaciones, tiene altísimas probabilidades de fallecer. Que Ander sobreviviera nos llenó de emoción y alivio”.

Al final, cuando los signos de infección cedieron y la sutura se retiró sin incidentes, el equipo respiró aliviado. “Salvarlo no fue solo un logro médico, fue un momento humano profundo –reflexiona el doctor Yoan–. Ver a este bebé que casi pierde la batalla, todavía respirando nos recordó por qué hacemos esto. La emoción fue enorme; saber que le dimos la oportunidad de vivir es indescriptible”.

El milagro en la incubadora ocho

En la incubadora número ocho, la vida latía al ritmo de los monitores. Era apenas un resplandor tibio entre luces frías, pero allí comenzó el milagro.

“El nacimiento fue difícil –recuerda Yanet Alfonso Rodríguez, jefa de Enfermería–. Tratamos de estar listos para su llegada, pero nada nos podía preparar para lo que encontramos en el salón de parto. Tuvimos que enviar enfermeras de la sala para ayudar a reanimarlos; sus estados eran críticos desde el primer minuto”.

El primer gemelo, receptor del síndrome, absorbía todo de su hermano menor: la sangre, los fluidos, la energía vital. “Era el más grande, pero también estaba muy mal –explica Alfonso Rodríguez–. Logramos estabilizarlo, sacarlo de la ventilación asistida y mantenerlo con cuidados intensivos. Pero el segundo gemelo, el donante, llegó casi en silencio y pronto mostró complicaciones graves como anemia y finalmente la perforación intestinal”.

La cirugía para Ander, recuerda la jefa de Enfermería, fue un éxito sin precedentes: “Debería haberse hecho en un centro especializado, pero trasladarlo habría sido mortal. Así que todo el equipo se movilizó allí mismo, dentro del servicio. Los cirujanos, anestesiólogos y enfermeras trabajaron coordinados para crear un quirófano improvisado alrededor de su cuna térmica”.

Durante los días posteriores, la tensión no cedió. Cada turno de Enfermería significaba permanecer pegados al lado de la cuna, vigilando signos vitales, drenajes y cualquier mínima reacción. “Eran noches sin descanso –refiere–. A veces éramos dos enfermeras para un solo bebé, porque su estado era inestable y crítico. Cada vez que respiraba por sí solo, cada evacuación correcta, era un pequeño triunfo que nos daba fuerza para continuar”.

Además de los cuidados técnicos, hubo un componente humano que marcó la diferencia. “El vínculo con los bebés es fundamental –afirma Yanet–. Calmar sus llantos, hablarles mientras realizábamos los procedimientos, todo eso ayuda a que el sistema nervioso y digestivo respondan mejor. La ciencia sola no bastaba; había que acompañar la vida con cariño y paciencia”.

Un antes y un después para la neonatología espirituana

El caso de Ander no fue solo una victoria personal, sino un hito en la historia médica de Sancti Spíritus: el primer recién nacido que sobrevivió a una perforación intestinal en la provincia. Lo que parecía imposible se convirtió en un referente, una evidencia de que la ciencia, la coordinación y la entrega pueden torcer incluso el destino más adverso.

Este caso demostró cuánto ha crecido la Neonatología espirituana –asegura Midalis Martínez Barrios–. Fue un trabajo de integración total: cirujanos, anestesistas, intensivistas, enfermeras, laboratoristas, todos con un mismo propósito.

Cada paso, cada decisión, había sido vital para sostener la vida de aquel diminuto guerrero.

Niurvis Roche Morera, residente de tercer año, recuerda la experiencia como la consagración de su vocación: “Nos obligó a dar lo mejor de nosotros, a estar atentos a cada señal, a vivir cada avance y cada retroceso con el corazón en vilo. La entrega no era solo profesional, era la única manera de acompañar a un bebé que se negaba a rendirse”.

Zaily Marín Valdivia, residente de segundo año, añade otra mirada: “Trabajar con estos pequeños pacientes me enseñó que la fragilidad también puede ser una forma de fortaleza. Cada gesto, cada movimiento, cada respiración era un recordatorio de que la ternura y la paciencia forman parte de una ciencia que salva vidas”.

Midalis lo resume así: “En esta sala no solo se salvan vidas, también se aprenden lecciones. Este niño nos ratificó que la ciencia, cuando se hace con el corazón, puede torcer el destino”. Y, efectivamente, lo que comenzó como un desafío extraordinario se convirtió en un ejemplo de referencia nacional, un antes y un después que marcará para siempre la Neonatología espirituana.

El triunfo de la vida

Ochenta y siete días después de aquel parto que puso a prueba cada fibra del Servicio Provincial de Neonatología, los gemelos Aron y Ander recibieron finalmente el alta. La sala se llenó de aplausos que brotaron entre lágrimas, flores improvisadas y miradas húmedas que habían aprendido a convivir con la espera.

“Fue imposible contener la emoción –comenta Niurvis–. Los vimos llegar tan frágiles, tan dependientes de cada monitor, cada tubo, y ahora los veíamos salir fuertes, juntos. Era una mezcla de alivio, orgullo y una felicidad que no se puede describir con palabras”.

Zaily, con la voz quebrada por la emoción, añadió: “Verlos irse con su mamá, abrazados y respirando por sí mismos, nos enseñó que todo el esfuerzo, las noches en vela y cada decisión tomada habían valido la pena. Cada pequeño avance que celebramos en el camino tuvo su recompensa final”.

Y así Yorlennis, con un bebé en cada brazo, cruzó despacio el pasillo donde tantas veces había llorado, donde su corazón se había encogido ante la incertidumbre. Antes de salir, agradeció al equipo médico por salvar la vida de sus hijos, por no rendirse jamás, por poner el alma en cada detalle.

El eco de aquella historia resuena hoy en el Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos mientras, en la incubadora número ocho, donde Ander libró su primera batalla, queda el ejemplo de que la entrega, la ciencia y la ternura pueden escribir finales inesperados. Aquellos 87 días no solo salvaron vidas: confirmaron que incluso lo improbable puede ser posible con paciencia y amor.

10 Octubre 2025 Fuente: Cubadedate/ Noticias/ Salud

octubre 14, 2025 | Arlenes Tamayo Osorio | Filed under: Cuba, De la prensa cubana, Salud, Salud Pública | Etiquetas: , , , , |

Un cartel: “Área estéril” anuncia la entrada a la sala de cuidados intensivos pediátricos del Hospital Provincial General Docente “Dr. Antonio Luaces Iraola” de Ciego de Ávila. Manos firmes –más sensibilidad y saberes adquiridos por años– sostienen a los niños que llegan a este lugar.

Detrás de las puertas de esta sala late una historia de humanidad. Nacida el 29 de septiembre de 1982 por voluntad de Fidel Castro tras la trágica epidemia de dengue que segó más de cien vidas infantiles, esta unidad se convirtió en bastión de esperanza en el centro médico avileño. Aquí no se trabaja, se vive la medicina.

Los días de la Dra. Diana Luisa Mendoza Moreno, pediatra con 30 años de experiencia y jefa de servicio de la sala, transcurren entre monitores, ventiladores y una férrea voluntad de salvar vidas. Su mirada experta ha visto pasar generaciones de niños, algunos convertidos ahora en padres que regresan con sus propios hijos. “Nadie se acostumbra a la muerte”, confiesa y recuerda el “Libro Rojo” donde antaño se registraban hasta 12 fallecimientos mensuales; hoy, menos de cuatro al año.

¿Qué hace falta para trabajar aquí? “Antes que diplomas, corazón”, sentencia la doctora mientras se ajusta el gorro quirúrgico.

“El objetivo de Fidel era establecer una red de salas de terapia intensiva en todo el país, y esta unidad fue una de las primeras en inaugurarse. Desde sus inicios, el servicio ha contado con personal altamente especializado. Para trabajar aquí, no basta con ser médico o enfermero; es necesario formarse específicamente en cuidados intensivos pediátricos. Aunque ya no quedan fundadores en activo, muchos llevan décadas dedicados a esta labor”, cuenta a Cubadebate la doctora Diana.

Se graduó de medicina en 1990, se especializó en pediatría y, en 1995, viajó a La Habana para realizar un entrenamiento nacional en terapia intensiva pediátrica, ya que en aquel momento solo existían centros acreditados en La Habana, Villa Clara y Holguín. Ese mismo año, se incorporó a la sala del Antonio Luaces Iraola, donde lleva más de tres décadas trabajando. “Aquí me formé como intensivista y consolidé mi carrera como pediatra”, enfatiza.

La doctora recuerda al primer jefe de servicio fue el Dr. Héctor Gómez, ya fallecido, quien sentó las bases de esta unidad. Otra figura clave es la Dra. Caridad Nurkes Gómez, formada en Holguín y una de las fundadoras. Ella fue su mentora, la persona que la guió en sus primeros pasos en la terapia intensiva, y hoy sigue aportando su experiencia como profesora consultante del servicio.

Si preguntas cuáles son las características del personal de la sala, Mendoza Moreno dice que lo primero y más importante es el amor a los niños.

“Siempre les inculcamos a los jóvenes profesionales que estos niños deben ser tratados como si fueran parte de nuestra propia familia. La forma en que nos gustaría que nos trataran a nosotros, así debemos tratarlos a ellos, especialmente porque los niños son seres indefensos. Si nosotros no los cuidamos con dedicación, ¿quién lo hará?”.

La especialista considera que antes que cualquier habilidad técnica, debe existir amor genuino por los niños. “Solo después vienen todas las demás cualidades profesionales: la búsqueda constante de superación, la excelencia clínica, la actualización médica. Pero el cimiento es el afecto y el respeto a las familias”.

La doctora Diana confiesa que tiene un principio personal que siempre comparte: tuvo la dicha de ser pediatra e intensivista antes de ser madre, y luego continuó siéndolo después de serlo. Esa experiencia, refiere, le enseñó que la maternidad da una perspectiva completamente diferente.

“Nadie puede medir el cariño de una madre por su hijo, cada una lo expresa de manera única. Por eso, respetar a las familias es crucial, porque nadie conoce mejor a un niño que su madre. Hoy día, con los cambios sociales, a veces es otro familiar, incluso un vecino, quien acompaña al pequeño, y eso puede hacer que el niño se sienta más vulnerable. Si nosotros, como equipo, no les brindamos protección y afecto, ¿quién lo hará?”, repite la pregunta.

Este es, precisamente, el principio rector de la sala de cuidados intensivos pediátricos. “Aunque hoy hay muchas caras jóvenes en el servicio, todos han aprendido esta filosofía. Puedo decir con orgullo que aquí, cada profesional – desde los más experimentados hasta los recién llegados– trabaja con ese amor que marca la diferencia entre un tratamiento bueno y uno verdaderamente excepcional”.

A la siguiente pregunta, la doctora responde con determinación: “Existe la creencia errónea de que quienes trabajamos en terapia intensiva nos acostumbramos a la muerte. La verdad es que nunca lo haces. Lo que sucede es que, con el tiempo, desarrollas la capacidad profesional de identificar qué pacientes tienen mayor riesgo de fallecer. Ante esos casos, activas mecanismos de defensa emocional: intentas ayudar desde la empatía, enfocándote en hacer ese tránsito menos doloroso para la familia. Pero decir que uno se adapta a la muerte sería mostrar insensibilidad. De hecho, hay compañeros que prefieren no estar presentes en esos momentos, precisamente, porque el dolor es acumulativo, especialmente cuando se trata de niños”.

En nuestro servicio llevamos un registro minucioso, explica. “Todos los ingresos se anotan en el Registro de Morbilidad, una práctica común en todas las terapias intensivas del país. Pero aquí tenemos además un documento histórico: el Libro Rojo, llamado así por su encuadernación colorada hecha en imprenta. Hace poco, mientras preparábamos un estudio sobre la evolución de la morbilidad en el servicio, alguien del equipo veterano dijo: ‘No saques el Libro Rojo’. La razón es impactante: cuando comencé a trabajar aquí, en un solo mes fallecían 12 niños. Hoy, en todo un año, no perdemos ni cuatro pacientes”, dice y no puede ocultar la satisfacción de esta disminución en la mortalidad.

Actualmente, los fallecimientos que registran suelen ser casos con pronósticos muy complejos desde el inicio: recién nacidos con menos de 1000 gramos de peso que pasan meses en neonatología, o pacientes con condiciones sociales críticas.

“Contrasta enormemente con épocas anteriores, cuando veíamos llegar niños con infecciones fulminantes como meningoencefalitis que fallecían en cuestión de horas. Los accidentes siguen siendo casos que nos impactan profundamente, porque ocurren de forma abrupta. La muerte no es algo a lo que te acostumbras; aprendes a enfrentarla, pero nunca deja de doler. Y duele más cuando son niños”.

La doctora tiene presente los nombres de la mayoría de sus pacientes; algunos han marcado su carrera. Recuerda especialmente a Rochelle, una niña aparentemente sana que desarrolló una miocarditis aguda con insuficiencia cardíaca severa.

“Estuvo tres meses con nosotros, conectada a ventilación mecánica, en una batalla con pronóstico incierto. Hoy está en casa, jugando como cualquier niño. Casos como el de Melody, o aquel paciente quirúrgico que ahora es padre, o Madison y José Manuel (este último con malformaciones intestinales complejas), demuestran que detrás de cada estadía prolongada hay una historia de lucha. Recordamos sus nombres, sus rostros, sus batallas”.

El impacto de su trabajo se refleja en detalles conmovedores. Recientemente, una publicación en redes sociales sobre su sala generó un comentario emotivo: una madre reconoció a Camila, una enfermera del servicio, porque recordaba cómo había cuidado a su hija.

“Esto ilustra algo fundamental: en terapia intensiva, el personal de enfermería es el alma del servicio. Son ellos quienes alimentan, bañan, visten y hasta hacen moños a los pequeños; quienes establecen ese vínculo cotidiano que las familias nunca olvidan. Un médico puede indicar tratamientos, pero sin enfermeros, no hay cuidado intensivo real. Su labor humaniza nuestra ciencia”.

Entre las principales limitantes, la doctora Diana habla de la escasez de personal sanitario. “Enfrentamos una situación extremadamente difícil: en el área de enfermería, nuestra plantilla ideal debería contar con 35 profesionales, incluyendo a la licenciada Blanca, nuestra jefa de enfermería. Sin embargo, en estos momentos solo disponemos de 16 enfermeros en activo. Estos profesionales realizan turnos extenuantes de 24 horas de trabajo continuo por 48 horas de descanso. La semana pasada tuvimos ocho pacientes simultáneamente conectados a ventilación mecánica, lo que requirió un esfuerzo extraordinario”.

En el equipo médico, la situación es igualmente compleja. La plantilla formal debería incluir al menos nueve médicos de diferentes categorías, pero actualmente solo cuentan con cuatro especialistas.

“Aunque como jefa de servicio no formo parte oficial de la plantilla asistencial, en la práctica cumplo las mismas funciones clínicas que cualquier otro médico del equipo. Los turnos médicos son igualmente agotadores: 24 horas de guardia por 72 de descanso, y durante el período vacacional se intensifican a 24 por 48”.

Si bien reconoce que trabajar bajo estas condiciones es sumamente difícil, asegura que el compromiso del equipo es inquebrantable. “Implementamos estrategias para organizar los descansos y mantener la calidad de la atención, aunque la realidad es que la situación del recurso humano ha alcanzado un punto crítico”.

El camino hacia la medicina pediátrica de la doctora Diana comenzó en La Trocha, una zona rural entre Júcaro y Morón, específicamente en el poblado conocido como Pitajones. “Mi familia ha vivido allí desde 1934, cuando mi abuelo estableció su finca. Desde muy pequeña mostré una inclinación natural hacia el cuidado de los demás”.

Recuerda que sus primeros juegos eran kits de enfermería que venían con los juguetes. A los cinco años le decía a su madre que quería ser “inyectora”, aunque dice que en su familia no había ningún antecedente médico.

La inspiración definitiva llegó a los ocho años, cuando los doctores Jorge Rubí y Matilde Carvajal, médicos camagüeyanos, llegaron al municipio de Venezuela para realizar su servicio social. “La Dra. Carvajal, en particular, se convirtió en mi modelo a seguir: después de especializarse en pediatría, cumplió misiones internacionales en Irán, Irak y Argelia. Su dedicación y profesionalismo me mostraron el camino que quería seguir”.

Al terminar el preuniversitario, su madre se opuso a que estudiara medicina. “Como única hija mujer entre tres varones, temía que la carrera me alejara de la familia. Pero la vocación era más fuerte”.

La especialista asegura que nadie le inculcó el amor por la medicina, sino que nació al ver el ejemplo de aquellos médicos que dedicaban su vida a cuidar a otros.

Ingresó a la facultad de medicina en 1984. Después de graduarse en 1990, hizo su servicio social en Venezuela, la especialización directa en pediatría y un año de formación en terapia intensiva en La Habana.

Cuenta que su hija decidió no seguir sus pasos. “Un día me dijo ‘Mami, no quiero ser médico como tú’, y respeté profundamente su decisión porque la verdadera vocación médica, especialmente en pediatría, no puede ser impuesta: debe nacer del amor genuino por cuidar a los demás”.

La doctora Diana está consciente que el trabajo en su sala no es solo sobre batallas médicas, sino sobre el amor que transforma estadísticas en historias. La de Rochelle, que tras tres meses conectada a un respirador hoy corre en un parque; o la de José Manuel, cuyo megacólon congénito lo llevo hasta la UCI pediátricos. Es un quehacer sostenido por enfermeras como Camila, que hace moños colorados que alegran las mañanas de los pequeños pacientes.

La doctora Diana y su equipo reafirma que la excelencia médica se mide no solo en tasas de supervivencia, sino en sonrisas recuperadas, en familias reconfortadas, y en profesionales que cambian turnos agotadores por la satisfacción de salvar una vida.

20 Julio 2025 Fuente: Cubadebate/ Noticias/ Salud

El personal médico cubano está en primera línea en los momentos más críticos de los lugares, desde la atención a terremotos, la lucha contra el Ébola en África, la COVID en Europa… Estos hombres y mujeres han demostrado que el humanismo no es solo un ideal, sino práctica viva.

Así lo refirió el señor Stefano Vescovi, embajador de Suiza en Cuba, durante la ceremonia de creación de la Comisión Nacional de Derecho Internacional Humanitario (CONADIH), acto que fue encabezado por el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez.

Con la creación de la CONADIH, Cuba «ratifica su compromiso con las tradiciones humanitarias heredadas de su proceso revolucionario, así como con la defensa del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas, con la certeza de que siempre defenderá la paz y se opondrá al uso o amenaza de la fuerza contra cualquier Estado», se refirió en la constitución de este órgano consultivo técnico.

A la ceremonia asistieron los miembros del Buró Político, Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores, y el General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera, ministro de las FAR, entre otros dirigentes del Partido, el Estado y el Gobierno, y el señor Francisco Pichón, coordinador residente del Sistema de las Naciones Unidas en Cuba.

Previo a darse lectura al Decreto Presidencial que establece la Comisión Nacional de Derecho Internacional Humanitario en el país, y como representante del Estado depositario de los Convenios de Ginebra de 1949, piedra angular del Derecho Internacional Humanitario, el embajador Vescovi subrayó la larga trayectoria de solidaridad humanitaria de Cuba, la que —dijo— debe contarse.

Recordó que la constitución de estas comisiones nacionales tiene como base la 33ra. Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, celebrada en diciembre de 2019, en la que se aprobó la resolución Acercar el DIH, Hoja de ruta para mejorar la implemetación del Derecho Humanitario Internacional a nivel nacional.

Cuba —enfatizó— asumió esta resolución con gran seriedad. El diplomático felicitó, «en nombre de la Confederación Suiza, depositaria del Convenio de Ginebra y a título personal (…), de todo corazón, a las autoridades cubanas y al pueblo de Cuba por la creación de esta comisión».

Vivimos —señaló Vescovi— en un mundo lleno de oscuridad y sufrimiento, y la Cruz Roja está presente donde más se le necesita. Citó así a Gaza, «donde la crisis humanitaria alcanza niveles inhumanos»; entre Rusia y Ucrania; en conflictos internos como Siria, donde la Media Luna Roja brinda toda su ayuda; en Colombia y en otras zonas de conflicto.

A propósito de Colombia, destacó la labor ejemplar de Cuba a favor de la paz y la acción humanitaria realizada durante largos años con compromiso y maestría en compañía de los otros Estados garantes y facilitadores del proceso de paz en ese país sudamericano.

Cuba y la Cruz Roja trabajan juntos, comentó en otro momento de su discurso el Embajador suizo, quien también ponderó que la Mayor de las Antillas esté elaborando un informe voluntario sobre la aplicación del Derecho Humanitario Internacional, el cual —aseveró— representará una contribución concreta para alimentar los intercambios de buenas prácticas también a nivel internacional, porque sabemos, estamos convencidos —afirmó—, de que en este ámbito Cuba también tiene mucho que aportar y compartir con otros países.

La doctora Tania Margarita Cruz Hernández, ministra interina de Salud Pública, habló en nombre de la presidencia de la Comisión Nacional de Derecho Internacional Humanitario, que está integrada por diez ministerios y órganos del Gobierno cubano.

Entre las responsabilidades de la CONADIH están asesorar sobre los asuntos de su competencia a las instituciones del Estado y el Gobierno; realizar recomendaciones para armonizar la legislación nacional con los compromisos internacionales en esta materia; coordinar los esfuerzos gubernamentales para la difusión y promoción del conocimiento sobre el Derecho Internacional Humanitario; así como establecer intercambios y cooperación con entidades e instituciones similares en otros países.

La doctora Cruz Hernández señaló que la constitución de esta comisión será, «indudablemente, un paso superior en el fortalecimiento del Derecho Internacional Humanitario a nivel nacional y en la proyección de Cuba en esta esfera a nivel internacional».

«No partimos de cero —acotó—. Ya en nuestro país se trabajaba en completa armonía y coordinación entre los organismos pertinentes, principalmente el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Salud Pública, la Cruz Roja Cubana, entre otros».

Comentó que, para el diseño de la CONADIH, Cuba tuvo en cuenta las experiencias y buenas prácticas de otras estructuras similares de la región, las guías elaboradas por el Comité Internacional de la Cruz Roja y el intercambio con sus representantes, especialmente durante los diálogos de alto nivel que tuvieron lugar en La Habana en marzo de este año.

«Este —añadió— no es la conclusión de un proceso, sino el inicio de una nueva etapa en la cooperación, que continuará tributando al desarrollo de las excelentes relaciones entre Cuba y el Comité Internacional de la Cruz Roja».

La directiva del sistema cubano de Salud abordó también los grandes desafíos que hoy enfrentan el Derecho Internacional Humanitario y la labor humanitaria, cuyas normas —denunció— se incumplen con frecuencia e impunidad por parte de países poderosos.
Cruz Hernández reiteró en el acto constitutivo de la comisión, la solidaridad del Estado y el Gobierno cubanos con el pueblo palestino, y denunció la flagrante y sostenida violación del Derecho Internacional, el Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos de ese pueblo hermano.

«El genocidio contra la población palestina y las continuas violaciones del Derecho Internacional Humanitario cometidas por Israel, deben cesar, sin condiciones y sin dilación», exigió.

«A 76 años de la firma de los Convenios de Ginebra —subrayó—, deben cesar los ataques indiscriminados contra poblaciones enteras, contra campos de refugiados, contra el personal humanitario; deben protegerse los hospitales, las ambulancias y los servicios médicos. Es hora de detener el asesinato de mujeres, niños, niñas y ancianos».

En el cierre de sus palabras, la Ministra en funciones del Minsap reiteró, partiendo de las tradiciones humanitarias del pueblo cubano y en nombre de las instituciones que integrarán la CONADIH, el compromiso de Cuba con el fortalecimiento y defensa del Derecho Internacional Humanitario.

19 Junio 2025 Fuente: Victoria/ Noticias/ Salud