Sep
23
Más que un acto conmemorativo, este viernes se rindió un homenaje sentido a los héroes de batas blancas que integran el Contingente Henry Reeve, especializado en situaciones de desastres y graves epidemias, al cumplirse veinte años de su creación. Esta iniciativa fue impulsada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, tras la devastación provocada por el huracán Katrina en Nueva Orleans en el año 2005.
La ceremonia contó con la presencia de Yuniaski Crespo Vaquero, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y jefa de Atención al Sector Social; el viceprimer ministro Eduardo Martínez Díaz; el ministro de Salud Pública y también miembro del Comité Central, José Ángel Portal Miranda; así como otras personalidades e invitados. Participó además una representación de los más de trece mil integrantes que han formado parte del Contingente a lo largo de estas dos décadas.
El doctor Julio Guerra Izquierdo, médico especialista en nefrología y director nacional de Estadísticas del Ministerio de Salud Pública, quien integró las brigadas médicas que enfrentaron la COVID-19 en Italia y México, destacó que la colaboración médica cubana constituye una de las más genuinas expresiones de solidaridad internacional que nuestro país ha sostenido de manera ininterrumpida durante más de sesenta años.
“Muy pocas personas hubieran imaginado, en los primeros años del proceso revolucionario cubano y con escasos médicos entonces, que el líder histórico de la Revolución, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, tomaría la decisión de iniciar la colaboración médica cubana por el mundo. Ese fue el inicio de una historia brillante de internacionalismo en el campo de la medicina, de la cual me siento orgulloso de formar parte.”
El doctor Guerra Izquierdo recordó que la ayuda brindada a los damnificados del terremoto de Chile en 1960 marcó el inicio de la solidaridad de nuestra isla con los afectados por desastres naturales y epidemias. El huracán Katrina, que azotó Nueva Orleans, Estados Unidos, causando miles de fallecimientos, antecedió a la constitución, en 2005, del contingente internacional de médicos especializados en el enfrentamiento a desastres y graves epidemias Henry Reeve.
Este hecho reafirmó las palabras pronunciadas por nuestro Comandante en Jefe en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, Argentina, el 26 de mayo de 2003, cuando expresó: “Nuestro país será capaz de enviar los médicos que se necesiten a los más oscuros rincones del mundo. Médicos y no bombas”.
Subrayó que nuestro pueblo cuenta con un sistema de salud público, universal, accesible y gratuito, sostenido por profesionales de la más alta calidad humana y científica, donde la voluntad política de nuestro Partido y Gobierno constituye el motor para seguir elevando los indicadores de salud. Todo ello se ha logrado en medio del recrudecido bloqueo económico, comercial y financiero —calificado como genocida, ilegal y extraterritorial— impuesto por más de seis décadas, así como de una guerra mediática plagada de calumnias y falsedades por parte del gobierno de los Estados Unidos, con impacto real en los servicios de salud.
“A pesar de las adversidades, nunca se ha detenido el envío de brigadas del Contingente Henry Reeve. Noventa brigadas han prestado servicios en cincuenta y cinco naciones, asistiendo a poblaciones afectadas por epidemias y desastres naturales. Más de trece mil profesionales cubanos de la salud han arriesgado sus vidas para salvar las de miles de personas”, enfatizó.
“Los inicios quedaron marcados por las brigadas en Pakistán, Guatemala y Haití, a las que se sumaron las hazañas en la lucha contra el ébola en África Occidental en 2014 y, más recientemente, cincuenta y ocho brigadas desplegadas en más de cuarenta naciones durante los años 2020 y 2021 para enfrentar la pandemia de COVID-19. Estas acciones encarnan los principios martianos y fidelistas de que “Patria es Humanidad”.
Además, destacó que para los más de trece mil profesionales que hemos integrado el Contingente, constituye un orgullo y, al mismo tiempo, un reconocimiento a la profesionalidad y el altruismo que nos caracteriza.
“De manera voluntaria damos el paso al frente —en ocasiones en menos de setenta y dos horas— para partir hacia lugares desconocidos, pero con la profunda convicción del deber y el respaldo de nuestras familias, nuestro pueblo y las autoridades políticas y gubernamentales. Todos sabemos que, en cada misión, sobre nuestros hombros recae el prestigio de Cuba”.
El doctor compartió anécdotas vividas: el primer llamado, la mezcla de adrenalina y esa convicción extraña que te hace levantar la mano y decir “presente”; dejar atrás la casa, el beso de despedida que sabe a incógnita y el equipaje con lo justo.
Relató cómo han trabajado bajo soles abrasadores y lluvias torrenciales, han dormido en el suelo y caminado largas distancias. Han enfrentado el miedo con coraje, el cansancio con entereza y la tristeza con infinita compasión. No preguntan de qué país es la persona que necesita ayuda, ni su condición ideológica; solo preguntan qué necesita para vivir.
Aseguró que los más de trece mil profesionales cubanos que honrosamente han integrado las brigadas Henry Reeve han llegado a África, América Latina, el Caribe y hasta la Europa desarrollada, persiguiendo un mismo fin: salvar vidas y contribuir a un mundo mejor. Se declaran ciudadanos del mundo y hermanos de todos los pueblos. Los equipos de médicos, enfermeros, técnicos, licenciados en rehabilitación, especialistas en rayos X, estadística de salud, entre otros, han estado a la altura de cada momento histórico complejo que han enfrentado, viviendo cada minuto con intensidad.
Al final de cada jornada, dijo, solo se llevan la sonrisa de los pacientes y los resultados del trabajo, que explican por sí solos la dimensión de las palabras “solidaridad” y “humanismo”, y el verdadero significado de la ayuda desinteresada. Están convencidos de que ha crecido la admiración y la amistad entre los pueblos, y han sembrado un profundo respeto por los profesionales cubanos.
Finalizó su intervención ratificando la firme convicción de que un mundo mejor es posible, y que muchos, como él, pueden dar fe de haber cumplido misiones en varios continentes. “Algunos nos llaman locos, otros nos dicen héroes. Pero nosotros somos sencillamente médicos cubanos, amantes de la paz, la solidaridad y la vida”, concluyó, citando al Comandante en Jefe: “Ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”.
Como parte de la ceremonia, fueron reconocidos dieciséis integrantes del Contingente, en representación de cada una de las provincias del país. Asimismo, por acuerdo del Ministerio de Salud Pública, se entregó por única vez la Placa XX Aniversario del Contingente Internacional Henry Reeve a veinte cooperantes, en reconocimiento a los resultados obtenidos en el cumplimiento de diversas misiones.
Además, se rindió tributo con un minuto de silencio a los miembros del Contingente que perdieron la vida en el cumplimiento de su misión.
Al concluir el acto, la viceministra primera de Salud Pública, Doctora en Ciencias Tania Margarita Cruz Hernández, expresó que esta celebración está colmada de orgullo y gratitud por lo que significan décadas de valentía, humanismo y amor desinteresado.
Destacó que, desde el triunfo de la Revolución en 1959, Cuba ha hecho suyo el principio martiano de que “Patria es Humanidad”. Recordó que en 1960, cuando un terremoto devastó Chile, veinticinco profesionales de la salud cubanos, liderados por el doctor Óscar Fernández Mel, partieron hacia el sur sin llevar armas, sino estetoscopios y esperanza.
A partir de ese momento, como semillas de dignidad, surgieron treinta brigadas médicas entre 1960 y 2005, desplegadas en diecinueve naciones e integradas por dos mil noventa y seis profesionales que enfrentaron huracanes, terremotos, epidemias y erupciones volcánicas, demostrando el espíritu solidario de Cuba.
En 2005, cuando el huracán Katrina arrasó Nueva Orleans, el mundo fue testigo una vez más de la grandeza del pueblo cubano. A pesar del bloqueo y el odio, Fidel, nuestro salubrista mayor, convocó a más de mil quinientos profesionales de la salud que, en cuestión de horas, estaban listos para asistir al pueblo de los Estados Unidos de América.
El 19 de septiembre de 2005, en la Ciudad Deportiva, Fidel los bautizó con el nombre de Henry Reeve, el joven norteamericano que murió luchando por la independencia de Cuba. Aquel día, el Comandante pronunció palabras que hoy resuenan con mayor fuerza: “Nosotros demostraremos que el ser humano puede y debe ser mejor. Nosotros demostraremos el valor de la conciencia y la ética. Nosotros ofrecemos vida”. Aunque el gobierno estadounidense rechazó la ayuda, el mundo nunca olvidó el gesto, y desde entonces el Contingente Henry Reeve ha escrito hermosas páginas de solidaridad.
La viceministra precisó que, desde su creación, noventa brigadas médicas con trece mil profesionales han brindado servicios en cincuenta y cinco países, salvando la vida de ciento sesenta y seis mil personas. Se han atendido más de ocho millones de pacientes en consultas, realizado más de cuarenta y tres mil intervenciones quirúrgicas y más de cuatro mil partos. Los colaboradores han trabajado en condiciones extremas: desde la espesa nieve del Himalaya hasta el intenso sol del Medio Oriente; en África, en América desde el Río Bravo hasta la Patagonia; en el Caribe y en la vieja Europa. De estas brigadas, tres combatieron el ébola en África Occidental y cincuenta y ocho enfrentaron la COVID-19 en cuarenta y dos naciones, con más de tres mil cooperantes.
Mencionó los múltiples reconocimientos internacionales que confirman la valía de esta obra, entre ellos el premio Friends of Africa en 2016, otorgado por una ONG canadiense; el premio Dr. Lee Jong-wook de la Organización Mundial de la Salud en 2017, por atender a 3.5 millones de personas en emergencias; y la nominación al Premio Nobel de la Paz en 2021, respaldada por más de cien naciones y organizaciones no gubernamentales.
Dirigiéndose a los presentes, afirmó que el Contingente Henry Reeve representa la materialización de uno de los sueños más revolucionarios del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Sus integrantes honran la noble profesión médica con una respuesta rápida y sin vacilaciones, dispuestos a cumplir el deber en nuevas y difíciles condiciones. Están escribiendo una página luminosa en la historia de la solidaridad entre los pueblos, señalando un camino de paz para la sufrida humanidad.
Frente a las campañas del imperialismo contra la colaboración médica cubana, el Contingente Henry Reeve confirma que la ética, la ciencia y el amor pueden vencer al egoísmo. En cada misión, se reafirma el valor de la conciencia y la vocación de servicio como pilares de la medicina revolucionaria.
Extendió el más sincero reconocimiento y la gratitud eterna a todos los integrantes de las históricas brigadas Henry Reeve, por su labor incansable, por ser verdaderos ejemplos de entrega, altruismo y humanismo. Finalmente, ratificó desde ese escenario la firme disposición de todos los médicos cubanos de continuar multiplicando la solidaridad y la esperanza por el mundo, como expresión genuina del internacionalismo que define a la Revolución Cubana.
19 Septiembre 2025 Fuente: Cubadebate/ Noticias/ Salud
Sep
15
El secretario de Salud de México, David Kershenobich, elogió el medicamento cubano Heberprot-P para tratar el pie diabético, y afirmó que se promoverá en su país una campaña para usarlo en fase temprana.
“Ya lo tenemos en algunas de las clínicas del IMSS-Bienestar, ya está aprobado, y lo que haremos es tener una campaña dentro de los Pronam (Protocolos Nacionales de Atención Médica) precisamente para que se utilice en fase temprana”, dijo el titular.
Al responder a una pregunta sobre el tema, en el habitual encuentro de la presidenta Claudia Sheinbaum con medios de comunicación, el funcionario calificó al medicamento como innovador y muy importante, considerando la cantidad de amputaciones por ese mal registradas en México.
De acuerdo con datos oficiales, cada día a 75 mexicanos se les retira una pierna o un pie asociado a enfermedades como la diabetes.
“Antes de que a alguien se le ampute una pierna, aparece una lesión, ya sea en un dedo, en el tobillo, en el muslo, etc. Este es un medicamento que es un factor de regeneración epidérmica, (…) no nada más va a tratar de sanar la lesión, sino que va a estimular la regeneración del tejido”, explicó.
En su opinión, los resultados del fármaco son muy sorprendentes y llamativos, pues “si alguien tiene una úlcera y se le aplica este factor epidérmico, se logra regenerar el tejido”, y lo consideró “muy importante en la atención primaria”.
Al reafirmar el lunes pasado que México mantendrá el convenio establecido con Cuba para la labor de médicos de la Isla en el país, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció, además, una mayor colaboración para el tratamiento del pie diabético.
“En este tema vamos a tener mayor colaboración con Cuba, porque es el único país que tiene este medicamento y que tiene muchísimos resultados”, enfatizó.
El Heberprot-P, creado por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de Cuba, constituye el único fármaco en el mundo capaz de estimular la granulación y la reepitelización aceleradas en úlceras del pie diabético, y reduce el tiempo de cicatrización de estas lesiones, con lo que disminuye el número de desbridamientos y el riesgo de amputación.
Fuente: Cubadebate/ Noticias/ Salud
Jul
22
Un cartel: “Área estéril” anuncia la entrada a la sala de cuidados intensivos pediátricos del Hospital Provincial General Docente “Dr. Antonio Luaces Iraola” de Ciego de Ávila. Manos firmes –más sensibilidad y saberes adquiridos por años– sostienen a los niños que llegan a este lugar.
Detrás de las puertas de esta sala late una historia de humanidad. Nacida el 29 de septiembre de 1982 por voluntad de Fidel Castro tras la trágica epidemia de dengue que segó más de cien vidas infantiles, esta unidad se convirtió en bastión de esperanza en el centro médico avileño. Aquí no se trabaja, se vive la medicina.
Los días de la Dra. Diana Luisa Mendoza Moreno, pediatra con 30 años de experiencia y jefa de servicio de la sala, transcurren entre monitores, ventiladores y una férrea voluntad de salvar vidas. Su mirada experta ha visto pasar generaciones de niños, algunos convertidos ahora en padres que regresan con sus propios hijos. “Nadie se acostumbra a la muerte”, confiesa y recuerda el “Libro Rojo” donde antaño se registraban hasta 12 fallecimientos mensuales; hoy, menos de cuatro al año.
¿Qué hace falta para trabajar aquí? “Antes que diplomas, corazón”, sentencia la doctora mientras se ajusta el gorro quirúrgico.
“El objetivo de Fidel era establecer una red de salas de terapia intensiva en todo el país, y esta unidad fue una de las primeras en inaugurarse. Desde sus inicios, el servicio ha contado con personal altamente especializado. Para trabajar aquí, no basta con ser médico o enfermero; es necesario formarse específicamente en cuidados intensivos pediátricos. Aunque ya no quedan fundadores en activo, muchos llevan décadas dedicados a esta labor”, cuenta a Cubadebate la doctora Diana.
Se graduó de medicina en 1990, se especializó en pediatría y, en 1995, viajó a La Habana para realizar un entrenamiento nacional en terapia intensiva pediátrica, ya que en aquel momento solo existían centros acreditados en La Habana, Villa Clara y Holguín. Ese mismo año, se incorporó a la sala del Antonio Luaces Iraola, donde lleva más de tres décadas trabajando. “Aquí me formé como intensivista y consolidé mi carrera como pediatra”, enfatiza.
La doctora recuerda al primer jefe de servicio fue el Dr. Héctor Gómez, ya fallecido, quien sentó las bases de esta unidad. Otra figura clave es la Dra. Caridad Nurkes Gómez, formada en Holguín y una de las fundadoras. Ella fue su mentora, la persona que la guió en sus primeros pasos en la terapia intensiva, y hoy sigue aportando su experiencia como profesora consultante del servicio.
Si preguntas cuáles son las características del personal de la sala, Mendoza Moreno dice que lo primero y más importante es el amor a los niños.
“Siempre les inculcamos a los jóvenes profesionales que estos niños deben ser tratados como si fueran parte de nuestra propia familia. La forma en que nos gustaría que nos trataran a nosotros, así debemos tratarlos a ellos, especialmente porque los niños son seres indefensos. Si nosotros no los cuidamos con dedicación, ¿quién lo hará?”.
La especialista considera que antes que cualquier habilidad técnica, debe existir amor genuino por los niños. “Solo después vienen todas las demás cualidades profesionales: la búsqueda constante de superación, la excelencia clínica, la actualización médica. Pero el cimiento es el afecto y el respeto a las familias”.
La doctora Diana confiesa que tiene un principio personal que siempre comparte: tuvo la dicha de ser pediatra e intensivista antes de ser madre, y luego continuó siéndolo después de serlo. Esa experiencia, refiere, le enseñó que la maternidad da una perspectiva completamente diferente.
“Nadie puede medir el cariño de una madre por su hijo, cada una lo expresa de manera única. Por eso, respetar a las familias es crucial, porque nadie conoce mejor a un niño que su madre. Hoy día, con los cambios sociales, a veces es otro familiar, incluso un vecino, quien acompaña al pequeño, y eso puede hacer que el niño se sienta más vulnerable. Si nosotros, como equipo, no les brindamos protección y afecto, ¿quién lo hará?”, repite la pregunta.
Este es, precisamente, el principio rector de la sala de cuidados intensivos pediátricos. “Aunque hoy hay muchas caras jóvenes en el servicio, todos han aprendido esta filosofía. Puedo decir con orgullo que aquí, cada profesional – desde los más experimentados hasta los recién llegados– trabaja con ese amor que marca la diferencia entre un tratamiento bueno y uno verdaderamente excepcional”.
A la siguiente pregunta, la doctora responde con determinación: “Existe la creencia errónea de que quienes trabajamos en terapia intensiva nos acostumbramos a la muerte. La verdad es que nunca lo haces. Lo que sucede es que, con el tiempo, desarrollas la capacidad profesional de identificar qué pacientes tienen mayor riesgo de fallecer. Ante esos casos, activas mecanismos de defensa emocional: intentas ayudar desde la empatía, enfocándote en hacer ese tránsito menos doloroso para la familia. Pero decir que uno se adapta a la muerte sería mostrar insensibilidad. De hecho, hay compañeros que prefieren no estar presentes en esos momentos, precisamente, porque el dolor es acumulativo, especialmente cuando se trata de niños”.
En nuestro servicio llevamos un registro minucioso, explica. “Todos los ingresos se anotan en el Registro de Morbilidad, una práctica común en todas las terapias intensivas del país. Pero aquí tenemos además un documento histórico: el Libro Rojo, llamado así por su encuadernación colorada hecha en imprenta. Hace poco, mientras preparábamos un estudio sobre la evolución de la morbilidad en el servicio, alguien del equipo veterano dijo: ‘No saques el Libro Rojo’. La razón es impactante: cuando comencé a trabajar aquí, en un solo mes fallecían 12 niños. Hoy, en todo un año, no perdemos ni cuatro pacientes”, dice y no puede ocultar la satisfacción de esta disminución en la mortalidad.
Actualmente, los fallecimientos que registran suelen ser casos con pronósticos muy complejos desde el inicio: recién nacidos con menos de 1000 gramos de peso que pasan meses en neonatología, o pacientes con condiciones sociales críticas.
“Contrasta enormemente con épocas anteriores, cuando veíamos llegar niños con infecciones fulminantes como meningoencefalitis que fallecían en cuestión de horas. Los accidentes siguen siendo casos que nos impactan profundamente, porque ocurren de forma abrupta. La muerte no es algo a lo que te acostumbras; aprendes a enfrentarla, pero nunca deja de doler. Y duele más cuando son niños”.
La doctora tiene presente los nombres de la mayoría de sus pacientes; algunos han marcado su carrera. Recuerda especialmente a Rochelle, una niña aparentemente sana que desarrolló una miocarditis aguda con insuficiencia cardíaca severa.
“Estuvo tres meses con nosotros, conectada a ventilación mecánica, en una batalla con pronóstico incierto. Hoy está en casa, jugando como cualquier niño. Casos como el de Melody, o aquel paciente quirúrgico que ahora es padre, o Madison y José Manuel (este último con malformaciones intestinales complejas), demuestran que detrás de cada estadía prolongada hay una historia de lucha. Recordamos sus nombres, sus rostros, sus batallas”.
El impacto de su trabajo se refleja en detalles conmovedores. Recientemente, una publicación en redes sociales sobre su sala generó un comentario emotivo: una madre reconoció a Camila, una enfermera del servicio, porque recordaba cómo había cuidado a su hija.
“Esto ilustra algo fundamental: en terapia intensiva, el personal de enfermería es el alma del servicio. Son ellos quienes alimentan, bañan, visten y hasta hacen moños a los pequeños; quienes establecen ese vínculo cotidiano que las familias nunca olvidan. Un médico puede indicar tratamientos, pero sin enfermeros, no hay cuidado intensivo real. Su labor humaniza nuestra ciencia”.
Entre las principales limitantes, la doctora Diana habla de la escasez de personal sanitario. “Enfrentamos una situación extremadamente difícil: en el área de enfermería, nuestra plantilla ideal debería contar con 35 profesionales, incluyendo a la licenciada Blanca, nuestra jefa de enfermería. Sin embargo, en estos momentos solo disponemos de 16 enfermeros en activo. Estos profesionales realizan turnos extenuantes de 24 horas de trabajo continuo por 48 horas de descanso. La semana pasada tuvimos ocho pacientes simultáneamente conectados a ventilación mecánica, lo que requirió un esfuerzo extraordinario”.
En el equipo médico, la situación es igualmente compleja. La plantilla formal debería incluir al menos nueve médicos de diferentes categorías, pero actualmente solo cuentan con cuatro especialistas.
“Aunque como jefa de servicio no formo parte oficial de la plantilla asistencial, en la práctica cumplo las mismas funciones clínicas que cualquier otro médico del equipo. Los turnos médicos son igualmente agotadores: 24 horas de guardia por 72 de descanso, y durante el período vacacional se intensifican a 24 por 48”.
Si bien reconoce que trabajar bajo estas condiciones es sumamente difícil, asegura que el compromiso del equipo es inquebrantable. “Implementamos estrategias para organizar los descansos y mantener la calidad de la atención, aunque la realidad es que la situación del recurso humano ha alcanzado un punto crítico”.
El camino hacia la medicina pediátrica de la doctora Diana comenzó en La Trocha, una zona rural entre Júcaro y Morón, específicamente en el poblado conocido como Pitajones. “Mi familia ha vivido allí desde 1934, cuando mi abuelo estableció su finca. Desde muy pequeña mostré una inclinación natural hacia el cuidado de los demás”.
Recuerda que sus primeros juegos eran kits de enfermería que venían con los juguetes. A los cinco años le decía a su madre que quería ser “inyectora”, aunque dice que en su familia no había ningún antecedente médico.
La inspiración definitiva llegó a los ocho años, cuando los doctores Jorge Rubí y Matilde Carvajal, médicos camagüeyanos, llegaron al municipio de Venezuela para realizar su servicio social. “La Dra. Carvajal, en particular, se convirtió en mi modelo a seguir: después de especializarse en pediatría, cumplió misiones internacionales en Irán, Irak y Argelia. Su dedicación y profesionalismo me mostraron el camino que quería seguir”.
Al terminar el preuniversitario, su madre se opuso a que estudiara medicina. “Como única hija mujer entre tres varones, temía que la carrera me alejara de la familia. Pero la vocación era más fuerte”.
La especialista asegura que nadie le inculcó el amor por la medicina, sino que nació al ver el ejemplo de aquellos médicos que dedicaban su vida a cuidar a otros.
Ingresó a la facultad de medicina en 1984. Después de graduarse en 1990, hizo su servicio social en Venezuela, la especialización directa en pediatría y un año de formación en terapia intensiva en La Habana.
Cuenta que su hija decidió no seguir sus pasos. “Un día me dijo ‘Mami, no quiero ser médico como tú’, y respeté profundamente su decisión porque la verdadera vocación médica, especialmente en pediatría, no puede ser impuesta: debe nacer del amor genuino por cuidar a los demás”.
La doctora Diana está consciente que el trabajo en su sala no es solo sobre batallas médicas, sino sobre el amor que transforma estadísticas en historias. La de Rochelle, que tras tres meses conectada a un respirador hoy corre en un parque; o la de José Manuel, cuyo megacólon congénito lo llevo hasta la UCI pediátricos. Es un quehacer sostenido por enfermeras como Camila, que hace moños colorados que alegran las mañanas de los pequeños pacientes.
La doctora Diana y su equipo reafirma que la excelencia médica se mide no solo en tasas de supervivencia, sino en sonrisas recuperadas, en familias reconfortadas, y en profesionales que cambian turnos agotadores por la satisfacción de salvar una vida.
20 Julio 2025 Fuente: Cubadebate/ Noticias/ Salud
