La Habana, 23 mar (ACN) Profesionales de la consulta provincial de neurodesarrollo en Mayabeque intercambiaron sobre la atención pormenorizada a niños con espectro autista durante una visita a la escuela de padres, centrada en cómo educar y elevar su calidad de vida desde el hogar y las instituciones, informó el periódico de la occidental provincia.

El equipo multidisciplinario, liderado por la doctora Ana Delia Sánchez Suárez, psiquiatra infantil, abordó la medicina humanista, la rehabilitación y los cuidados a niños, niñas y adolescentes con este diagnóstico.

Sánchez Suárez comentó que se trataron temas relacionados con la sexualidad en la pubertad y adolescencia, así como la higiene bucal y la necesidad de un tratamiento integral.

La Máster en Ciencias de la Educación Especial y logopeda del Centro de Orientación y Diagnóstico (CDO), Tania Hernández Sánchez, destacó la importancia de la preparación del maestro y la familia para lograr mayor independencia y autonomía en estos niños.

El doctor Carlos Manuel Rodríguez, especialista en psiquiatría infanto juvenil, explicó aspectos vinculados con la sexualidad en la niñez y adolescencia de pacientes autistas y las consideraciones necesarias en el hogar.

La doctora María Regla Rodríguez Otaño, especialista de prótesis estomatológica en la clínica Andrés Ortiz Junco, señaló el empleo de técnicas novedosas para la atención estomatológica de niños con espectro autista.

Por su parte, la doctora Julia Roque, Máster en Atención Integral al Niño, afirmó que la escuela de padres constituye una piedra angular en el desarrollo de estos pacientes, al fortalecer los lazos familiares y maximizar el impacto de las intervenciones profesionales.

Padres presentes en el encuentro expresaron que los niños autistas son personas valiosas y talentosas, capaces de avanzar significativamente cuando reciben apoyo adecuado en el hogar y las instituciones.

Fuente: ACN

Con soluciones a lo cubano y la ayuda solidaria de otros pueblos, en el hospital ginecobstétrico Ramón González Coro no se han detenido los servicios de atención a las embarazadas y los neonatos.

En sus manos, aquello que el cuerpo les permitió cargar. En sus palabras, –atropelladas a veces por los sentimientos aflorados y las diferencias idiomáticas– todo lo que con letras se puede decir. En el corazón les latía -por Cuba- el mundo.

Parecía que habían llegado a un templo, que descubrían una reliquia tan antigua como valiosa. Nada vibra con tanta juventud como un centro hospitalario de inicios del siglo pasado en el que aún se produce -uno tras otro- el milagro de la vida. Y, como si no bastase, los casos que ahí se atienden son tan singulares como resultan los de gestantes diabéticas, cardiópatas o con patologías oncológicas, y neonatos.

Al hospital ginecobstétrico Ramón González Coro, en La Habana, llegó una representación del segmento europeo del Convoy de solidaridad que el pasado 17 de marzo arribó al país, con unas cinco toneladas de insumos médicos, medicamentos y artículos de primera necesidad.

LO REAL MARAVILLOSO DE LA MEDICINA CUBANA

La sorpresa en sus rostros era evidente. Se les ha hablado de un país con serias necesidades. Lo han visto. Lo han compartido ¿Cómo pueden trabajar sabiendo que en sus casas la situación también está difícil? ¿De dónde sacan o dónde guardan tantas esperanzas? Las preguntas se sucedieron casi a montones.

«Un niño no pide permiso ni espera para nacer». Hay que estar ahí para él y para su madre. «Salvar dos vidas de una sola vez» es una labor que requiere un esfuerzo conjunto, más aún cuando se trata de gestantes con afecciones complejas para su salud, enfatizó Liudmila Rodríguez, jefa del servicio de anestesiología.

Aunque pareciera que el hermoso caos del alumbramiento es el único que viven los trabajadores de esta -y otras instituciones en Cuba- nada está más lejos de la realidad. Superar, desde las limitaciones con el transporte hasta las más básicas actividades hogareñas que se ven afectadas por un intento de asfixia a un país entero, son hazañas a las que no están ajenos los especialistas de la Isla.

Las anécdotas siguen. Parecen sacadas de la ciencia ficción. Es la voluntad, la maravillosa realidad de un pueblo que se niega a ceder.

Dos jóvenes ingenieros recién graduados, que «enamoramos para que se quedaran», arreglaron una máquina de anestesia donada anteriormente, que no podía usarse porque les había sido imposible a los donadores enviar los softwares para su puesta en marcha. El equipo es hoy un trofeo atípico: no adorna inútilmente los espacios, salva vidas.

Como médico que es, el doctor Otto Rafael Recio, director de la institución, lo resumió a su forma: En ese centro se atienden casos de fetos con crecimiento intrauterino retardado. En tales situaciones, el propio organismo en formación garantiza cerebro, corazón y riñones hasta que consigue nacer. Eso está haciendo hoy nuestro país. Priorizando las funciones vitales e imprescindibles dentro de las instalaciones de Salud, afirmó.

Así, en el González Coro se han reorganizado la actividad quirúrgica, la atención asistencial, la vida interna del centro, adoptando estrategias para garantizar que la población continúe recibiendo los servicios.

Andrea Santor, miembro de la organización solidaria Cuba Va, pide la palabra. Su mente recuerda en italiano, mientras quiere hablar en español. Las imágenes de 2020 pasan por sus ojos como si estuviese viendo una película. Entonces, lo dijo en voz alta.  Cuando la covid-19, mientras perdían la vida cientos de ciudadanos en Turín y no se veía la forma de resolver la crisis, «una islita, al otro lado del mundo, con menos recursos que los países capitalistas, tendió la mano».

Él, que fungió como traductor esa vez, no dudó en formar parte de esta campaña de solidaridad. «Vamos a abrazar a este pueblo que nos ayudó cuando lo necesitamos», dijo. «Es una gotica lo que hemos recogido, pero es un mensaje directo a las conciencias del mundo».

Raiza Ruiz, oncóloga, explica que se presta atención con un «mínimo absoluto para todo». Es una «medicina de guerra». En el caso de las patologías que atiende, la mayoría de los medicamentos y tratamientos son importados, «y se nos impide comprarlos, aun cuando el Ministerio de Salud Pública (Minsap) tiene un presupuesto destinado para programas priorizados, como el PAMI (Programa de Atención Materno Infantil)».

Las limitaciones en cuanto a insumos, infraestructura y medicamentos afectan cada uno de los procesos de seguimiento a los padecimientos. «No se pueden poner todos los tratamientos ni los más actualizados». Sin embargo, buscamos soluciones, que muchas veces asombran a los residentes de otras naciones que llegan hasta el centro, remarcó.

A LO CUBANO

Desde el público alguien alza la mano. Un joven que desborda curiosidad por más soluciones «a lo cubano». Le pregunta al director si alguna vez se han visto en casos extremos.

«Hemos vivido momentos tensos», dice el doctor Otto Rafael Recio. «Nuestro grupo electrógeno ha fallado y nos hemos visto terminando operaciones con lámparas de emergencia. Lo fundamental es la vida».

En el González Coro tienen neonatos con ventilación mecánica, para lo cual se emplean ventiladores pulmonares de la marca alemana Dragger, cuyas baterías deben recambiarse, y hoy no se pueden garantizar, a causa del bloqueo. Todas las veces que el grupo electrógeno ha fallado -que no es una situación que pueda resolverse en poco tiempo- «hemos tenido que aplicar la ventilación manual».

Ese estrés y desgaste sistemático para evitar la muerte materno-neonatal «pesan sobre nuestra conciencia», reconoció. Y esa también es una forma de guerra, de Guerra Fría, insistió.

«Mi mayor temor como médico es estar trabajando frente a un paciente, saber que necesite algo, y no tenerlo. Lo acompañaremos hasta el último momento, pero es doloroso saber que podemos salvarlo, pero no tenemos el recurso porque se nos ha negado desde el exterior».

El silencio tomó la sala. Muerte y niños no deberían jamás compartir una oración. Ni siquiera un pensamiento.

Como si en su voz hablaran muchos, el joven solo atinó a decir: «Gracias por el esfuerzo que hacen a pesar de las dificultades, por el ejemplo de resistencia que son».

CERTEZAS, LATIDOS, ESPERANZAS…

Maureen Echevarría Peña bien sabe de esas carencias. Con 25 años solo le restan unos pocos días -menos de una semana- para que los médicos y enfermeros, que durante tres meses la han atendido diariamente en el González Coro, le induzcan el parto.

Si hay o no tensiómetro, glucómetro, si se le tendrían que practicar métodos más invasivos o menos precisos por la escasez de recursos, no es su preocupación más palpable. Su monitoreo constante lo recibe con una sonrisa de los especialistas, en ellos está su confianza.

Padece de hipertensión y diabetes. Por eso ha pasado internada el último trimestre de su gestación. Sin embargo, ella asegura que su mente está más centrada en la inexperiencia -es primeriza-, en que el latido que ha sentido a través del ecógrafo pueda acercarlo, con sus brazos, a su corazón.

La situación del país es algo que le atañe, por supuesto. Otros desvelos la ocuparán cuando regrese a casa después de esta prolongada estadía en la que «el hospital se ha esforzado» para que no le «falte nada». Hoy confía en que, como en tantas otras ocasiones, y aunque esta vez sea más complejo, a lo cubano y con las manos hermanas que llegan de otras latitudes, «se saldrá adelante».

Fuente: Granma

En la sala de neonatología del Hospital Ramón González Coro, centro de referencia nacional para la obstetricia y la neonatología en Cuba, la vida de los recién nacidos más vulnerables pende de un hilo cuando la electricidad falla. Este, a pesar de ser de los llamados “circuitos protegidos” no está libre de cortes, pero, aun así, la profesionalidad de los galenos se impone.

La doctora Niurka Moreno Obregón, jefa del servicio de Neonatología, no oculta su desvelo mientras describe la compleja y angustiosa rutina que enfrenta su equipo a diario. «El tema del bloqueo nos afecta desde todos los puntos de vista, pero la afectación principal hoy es el fluido eléctrico», sentencia.

El problema no es solo la falta de luz, sino la cadena de fallos que un simple corte puede desencadenar en un área donde la precisión tecnológica es vital. Cada vez que el circuito del hospital sufre una interrupción, una planta eléctrica envejecida debe entrar en funcionamiento. La ventana de tiempo para que lo haga de forma «perfecta» es de menos de diez segundos. ¿La razón? Los ventiladores pulmonares, muchos de ellos en estado de «obsolescencia tecnológica», carecen de baterías funcionales o directamente no tienen.

«Si la ventilación se interrumpe más de esos diez segundos, hay que establecerla de forma manual. Y los resultados no son los mismos», explica la especialista con la crudeza de quien conoce el precipicio al que se asoma.

Pero el daño no termina cuando la luz regresa. Los equipos, extremadamente sensibles a las fluctuaciones de voltaje, sufren un desgaste acelerado. «Los equipos de avanzada, que son costosísimos y tienen nuevas modalidades de ventilación, para un funcionamiento óptimo deben estar conectados de forma continua a la corriente. Con los cambios de voltaje, su batería se afecta y terminan dañándose. Algunos no los hemos logrado recuperar», lamenta.

El problema se extiende como una mancha de aceite por toda la unidad: incubadoras, pesas y más del 95% del equipamiento dependen de un fluido eléctrico que nunca es seguro.

Hoy, la preocupación se ha convertido en una sombra constante que acompaña cada guardia. «Ahora estamos muy preocupados por la situación actual del país. Si se afecta la electricidad, los hospitales tendrán que echar a andar con grupos electrógenos y el consumo de crudo será superior. Nos preocupa mucho», confiesa la doctora.

Detrás de los informes técnicos y los diagnósticos médicos, emerge el rostro humano de quienes libran esta batalla diaria. «Sentimos, por lo menos en lo particular, temor, angustia, todo. Son niños que están en nuestras manos. Nosotros somos los máximos responsables. La vida de ellos depende de lo que nosotros podamos ofertar. Da mucho temor, da angustia, da impotencia».

A pesar de los cortes eléctricos, el personal del Hospital Ramón González Coro ha logrado un milagro silencioso: ningún niño ha perdido la vida por estos fallos. Esta estadística no oficial es el más grande de los triunfos, y solo se explica por la profesionalidad a prueba de balas de médicos y enfermeras que, cuando la tecnología falla, ponen sus manos y su vocación al servicio de la vida.

El hospital sigue siendo centro de referencia nacional por el cuidado que le ponen sus responsables que sacan los recursos de donde no existen y por la legión de batas blancas que sostienen en sus manos lo más sagrado: la vida que apenas comienza. Mientras la luz vacila y los ventiladores luchan por no apagarse, ellos permanecen firmes, demostrando que siempre habrá un médico cubano dispuesto a encender la luz con sus propias manos.

Fuente: CUBAHORA