Quizá por eso de que derechos heredados cuesta más valorarlos porque se asumen como parte de lo que corresponde, nunca reparé de pequeña en la trascendencia de la vacunación.

Poner el hombro en la escuela primaria cuando anunciaban que tocaba inmunizar contra algo, era tan natural como que estábamos allí para recibir lecciones y aprender. A fin de cuentas a esta edad llegábamos con más de un pinchazo.

En casa tranquilamente decía “hoy nos vacunaron”, mientras mami o la abuela se encargaban de anunciarme que si había algo de fiebre no pasaba nada, era la vacuna.

Seguían los días en que jugábamos en las aulas al “saludito” cuando alguien de la clase decidía recibirte con palmadas en el hombro y todos gritaban ¡la vacuna!

Y crecimos y no reparamos conscientemente en lo que representa que cada niña o niño cubano recibe hoy 11 inmunógenos que protegen contra 13 enfermedades, y ocho de ellos son de producción nacional. En otras palabras, se hacen en Cuba por manos cubanas.

Hasta que llegó la pandemia y las vacunas, esas viejas conocidas que siempre habían estado ahí, se convirtieron en tabla de salvación. Pasamos de disertar sobre pelota a sacar a la luz el médico que llevamos dentro y que fue mutando rápidamente a científico. Y entender de RBD, proteínas, subunidades, dosis, intervalos, inmunidad, se volvió parte de nuestra cotidianidad.

En ello he pensado hoy cuando además de celebrarse el Día de la Medicina Latinoamericana, un centro especial como el Instituto Finlay de Vacunas (IFV) está cumpliendo tres décadas de fundado.

Llega a estos 30 años con una historia extraordinaria en la creación de vacunas preventivas contra múltiples enfermedades y el mérito de regalarle al pueblo cubano las Soberanas, ante la aciaga incertidumbre de la covid-19.

En días recientes su director, el doctor Vicente Verez, al hablar en la Mesa Redonda del hito que constituyó la vacuna cubana conjugada contra el Haemophilus influenzae tipo b, incorporada desde el año 2004 al esquema de vacunación del país y obtenida sobre un antígeno totalmente sintético decía:

“Saquemos una cuenta sencilla. De esta vacuna se han producido alrededor de 60 millones de dosis. Cada 100 mil dosis se salva la vida de un niño, que no sabemos quién es, cómo luce, pero es suficiente saberlos vivos. Al menos 6 000 niños se han salvado”.
No hay que entender mucho de química, vacunas o ciencia, para saber que este dato basta para agradecer que haya hombres y mujeres para los que la ciencia es vocación y servicio constante. En el Instituto Finlay de Vacunas hay muchos.
Algunos datos podrían ilustrarnos mejor tamaña proeza. Las vacunas conjugadas como lo es Soberana 02, una tecnología desarrollada durante más de 15 años en el IFV, han tenido un gran impacto en los esquemas de vacunación infantil a nivel mundial, disminuyendo de forma dramática la incidencia de infecciones por bacterias como Haemophilus Influenzae, Neisseria meningitidis y Streptococcus pneumoniae.

La vacuna VA-MENGOC-BC, indicada para la inmunización activa contra la enfermedad meningocócica causada por los serogrupos B y C, desarrollada y obtenida en estas instalaciones, marcó la eliminación de la epidemia que afectaba principalmente a niños y adolescentes.

Después de la introducción en el país de las vacunas contra Haemophilus influenzae y los meningococos, el neumococo pasó a ser el patógeno fundamental que causa las neumonías y las meningitis bacterianas en los niños cubanos. De ahí que prevenir con una vacuna contra los neumococos tendría un impacto importante en la disminución de la incidencia de las neumonías y las meningitis bacterianas en la población infantil. Esa fue para el equipo de científicos del Finlay una certeza.

Un candidato vacunal propio contra este patógeno también se gestó en los laboratorios del instituto. La pandemia llegó en medio de ensayos clínicos prometedores. Hubo que parar y enfocarse en las Soberanas, pero el sueño materializado de un inmunógeno cubano contra los neumococos está a punto de hacerse realidad.

La covid no discriminó en edades y la ciencia tras las vacunas apostó a productos que sirvieran para inmunizarnos todos. Pero en estos casi dos años nunca se les vio a los científicos del Finlay más felices que cuando el ensayo clínico Soberana Pediatría comenzó y las vacunas llegaron a los pequeños.

“Hacemos vacunas para niños”, oí decir a más de uno.

Espectacular y emotiva la primera izada de bandera cubana en nuestra nueva asta. Celebramos el #DiaDeLaMedicinaLatinoamericana y rendimos tributo a Patria. #CubaViva@BioCubaFarma @DiazCanelB @PresidenciaCuba pic.twitter.com/2bfoYy2dhw

— Instituto Finlay de Vacunas (@FinlayInstituto) December 3, 2021

Temprano circulaba en las redes un tuit en el que izaban juntos, en homenaje a Finlay, el prestigioso científico cubano cuyo nombre lleva el instituto, y al Día de la Medicina Latinoamericana, una enorme bandera cubana. Tan soberana como la ciencia hermosa que han construido y que a golpe de amor nos han hecho valorar. Gracias.

diciembre 03/2021 (Cubadebate)

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