Nunca se me van a olvidar las palabras que el profe Yuri nos dijo aquel día en el teatro del Varona: “Ahora mismo en sus manos está el futuro de la vacunología en Cuba”. ¿Por qué era tan importante eso que nos decía en aquel momento? ¿Cómo un campo de tanto arraigo y experiencia podía depender del aquí y el ahora de nosotros entonces?

La razón económica es obvia, vacunar a nuestra gente era un imperativo y si no lográbamos nuestras vacunas, tendríamos que depender de un sistema–mundo al que simplemente no le importan los pobres y a estas alturas o no hubiésemos podido vacunar a casi nadie o nos hubiéramos tenido que arruinar. No había otra opción porque, además, si nos arruinábamos en el proceso de vacunar, no solo no iba a haber más vacunología, no iba a haber más ciencia de puntería en el futuro previsible.

Entonces teníamos que tener vacunas

Pero hay otra razón, a mi juicio más importante, que enlaza la frase del profe Yuri con lo que Fidel le dijera a los nosotros de 2005 el 17 de noviembre. Teníamos –como constantemente tenemos– en nuestras manos el futuro de la Revolución. Que a nadie le quepa duda ni crea que estoy siendo tremendista. En las vacunas cubanas estaba centrada gran parte de la batalla por el consenso revolucionario.

Y no digo esto con ansias de “politizarlo todo”. Esto estuvo politizado desde el 11 de marzo de 2020, y no precisamente por nosotros. Desde el primer caso nos auguraban millones, nos auguraban colapsos, incluso mayores que los que se puedan haber tenido. No hemos sido nosotros quienes hemos jugado con la vida de millones de cubanos.

Pero si nos ponemos un poquito más teóricos, como graduados de universidades cubanas que somos, con formación marxista que tenemos, hasta la ropa que nos pusimos hoy es una decisión política.

Y está claro, el socialismo crea expectativas. Luego de sesenta años, ¿cómo podríamos confiar en una Revolución que “no es capaz” de velar por la salud de su pueblo? Entonces en nuestras manos, como en la de los profes aquí presentes y todo el que de una manera u otra participó de los ensayos, estaba la confianza del pueblo en su Revolución.

Y no fallamos

Recuerdo ahora también que mientras estábamos preparando condiciones en La Habana Vieja, la profe Betty se preocupaba por la composición etaria y por género de los voluntarios que estábamos reclutando. Entonces dijo –y aquí voy a parafrasear– que “tenemos que hacer un ensayo que se parezca a la gente”.

Y eso hicimos también

Hicimos un ensayo parecido a nuestra gente. Hombres, mujeres, trabajadores, estatales, privados, informales, ateos, cristianos, santeros, negros, blancos, heterosexuales, homosexuales. Y vacunamos con el mismo amor y la misma sonrisa, porque eso somos los cubanos, la misma sonrisa para todos.

En mi vacunatorio se vacunó, junto a su familia, alguien que es parte del consejo editorial de una plataforma contrarrevolucionaria radicada en el exterior. Por razones de ética no menciono ni su nombre ni el de la plataforma.

Pero la sonrisa nunca faltó

Vacunamos en el centro del Vedado y detrás de Tallapiedra donde los edificios, el único color que tienen, es el de las plantas que crecen en las grietas. Y siempre, con esa sonrisa, lo logramos.

Como dije una vez que el 62 % de efectividad de dos dosis era nuestro 62 %, las tasas de vacunación que hoy tenemos son también nuestras.

Y vendrán otros retos, que debemos asumir de la misma manera que asumimos este. Sin que nadie nos mande. Yo, por ejemplo, no soy miembro de la UJC. A mí nadie me “mandó” a participar del ensayo. Me mandó, como estoy seguro que a todos nosotros, la necesidad de aportar. Y eso es lo que nos debe mover siempre.

Entonces, sintámonos orgullosos de la obra realizada. En el pedazo que nos tocaba, los jóvenes, nuevamente, salvamos la Revolución.

noviembre 15/2021 (Cubadebate)

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