Desde el Palacio de la Revolución, y en el habitual encuentro de Expertos y Científicos para temas de Salud, dirigido por el jefe de Estado, resultó muy alentador escuchar disertaciones sobre un producto único de su tipo en el mundo, hecho en Cuba, que está dando señales de esperanza en el tratamiento del cáncer.«Felicidades, Doctora, para usted y para su equipo», expresó este martes en la tarde el Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, a Yanelys Morera Díaz, líder científica del producto HEBERSaVax, novedoso candidato vacunal diseñado para el tratamiento de diversos tumores malignos.

Desde el Palacio de la Revolución, y en el habitual encuentro de Expertos y Científicos para temas de Salud, dirigido por el jefe de Estado, resultó muy alentador escuchar disertaciones sobre un producto único de su tipo en el mundo, hecho en Cuba, que está dando señales de esperanza en el tratamiento del cáncer.

Una vez terminada la reunión en la cual -entre otras interrogantes- el dignatario preguntó por el posible universo de pacientes que podrían beneficiarse, Yanelys Morera -miembro titular de la Academia de Ciencias de Cuba-, conversó con el equipo de prensa de la Presidencia de la República, sobre algunas ideas esenciales que había compartido desde el grupo de los Expertos y Científicos.

Sobre HEBERSaVax, habló en términos de «vacuna terapéutica», o también de «inmunoterapia activa».  La líder del proyecto explicó que, cuando un tumor crece, se trata de una masa en crecimiento activo que va a necesitar nutrientes y oxígeno. El producto en cuestión ataca los modos en que la dolencia puede nutrirse, además de provocar respuestas celulares que aniquilan el avance tumoral y que por eso favorecen al paciente.

«Estamos en presencia de un candidato que tiene múltiples funciones», afirmó Yanelys Morera, quien detalló que el producto «hace anticuerpos específicos» que cortan el flujo sanguíneo al tumor, al tiempo de restaurar las capacidades del individuo para, con una respuesta inmune, atacar el cáncer.

La investigación -declaró la experta- «ha pasado por todas las etapas», desde los primeros estudios en animales de laboratorio, «hasta los más recientes que hemos tenido, que son los ensayos clínicos Fase II, donde hemos tratado de ir a localizaciones específicas».

La líder del proyecto hizo énfasis en «un tipo de terapia que es muy segura». Los efectos adversos de la vacuna, dijo, son escasos y tolerables: «Por tanto, son elementos muy manejables y que permiten que este candidato se pueda combinar incluso con las terapias convencionales, sin incrementar la toxicidad». Es un producto -resaltó la miembro titular de la Academia de Ciencias de Cuba- que puede tener «múltiples aplicaciones».

Sin obviar que se está todavía en fase de investigación -reflexionó la científica-, es bueno enunciar que entre los pacientes que han recibido el candidato en el marco del ensayo clínico, muchos de ellos han mostrado efectos significativos, y para bien, en la calidad de vida.

La experta habló a los reporteros sobre pacientes que «han tenido respuestas completas», incluso en casos que se encontraban en estadios avanzados. Ella recordó que Cuba tiene «una agencia regulatoria que es muy fuerte; y, por lo tanto, tenemos que ir demostrando ese grupo de evidencias, para pasar a nuevas etapas».

La líder del proyecto viajó al futuro, imaginó tratamientos desde la Atención Primaria de Salud, y expresó desde la pasión y la modestia: «Tenemos la confianza en que este candidato va a seguir con todas las etapas correspondientes, y que puede formar parte de ese arsenal que está necesitando la terapia del cáncer, para poder tener mejores resultados».

OTRAS VOCES DEL EQUIPO

«HEBERSaVax es un producto con el cual muchos clínicos se sentirían muy confiados», afirmó a los periodistas el investigador clínico Julio César Hernández Perera, especialista en Medicina Interna y miembro titular de la Academia de Ciencias de Cuba.

Él, que forma parte de esta investigación llena de esperanzas, habló en términos de «un producto de la biotecnología cubana, fruto de muchas investigaciones», que tiene «la particularidad de que es único en el mundo».

El investigador y Profesor Titular también hizo hincapié en que se trata de «un producto muy seguro», porque «en los estudios clínicos que se han realizado, los pacientes han hecho evidente que HEBERSaVax es muy tolerable».

Julio César Hernández Perera no descarta que en un futuro el producto pueda ser aplicado «en muchos tumores sólidos, pues tiene una alta expresión en esa proteína que favorece el crecimiento y la diseminación del tumor». Y en la misma línea de pensamiento destacó ventajas como «la baja toxicidad, o la posibilidad de poder utilizar el producto en pacientes con múltiples comorbilidades».

Hay que seguir investigando, hay que seguir ampliando el horizonte, tener más conocimiento, dijo el doctor para luego subrayar: «Pero sí podemos decir que estamos muy esperanzados con él y que nos da grandes fronteras, nos da ese horizonte que parece inalcanzable pero que nos habla de un camino por el cual podemos llegar a lo soñado».

Muy joven, la investigadora clínica y especialista en Medicina Interna, Adriana Felinciano Pozo, ofreció a los periodistas un breve testimonio sobre lo que ha sido formar parte de un proyecto que apuesta por la vida: «Este candidato vacunal nos brinda muchas oportunidades», afirmó.

Ella también trajo a colación la palabra seguridad; hizo referencia a «datos sólidos»; y asoció a HEBERSaVax con cualidades como la robustez y la potencialidad, como un logro que brinda la posibilidad de poderlo combinar con otros fármacos.

«Este producto -valoró la experta- ha permitido que los pacientes tengan una mejor calidad de vida, una respuesta sin efectos adversos; y es muy fácil de manipular o de poner, porque es de uso subcutáneo».

Adriana recordó que «una de las causas más frecuentes a nivel mundial, no solo de muerte, sino de morbilidad o de afección de la calidad de vida, está en las enfermedades oncológicas». Lo dijo porque HEBERSaVax es una gran herramienta ante ese desafío de salud, «con mucho potencial en las enfermedades de tumores sólidos, en diferentes nichos donde lo hemos probado, como en cáncer colorrectal, hepatocarcinoma, cáncer de ovario, cáncer renal, en pacientes avanzados y donde ha habido buenas respuestas».

Esa es Cuba: Que, llevada a límites extremos, de asfixias, por obra y desgracia de la perversidad imperial, no renuncia, pese a todo, a defender el primero de todos los derechos humanos: el de la vida.

Fuente: Granma

El premio nacional a la Innovación Tecnológica, recién otorgado por el Citma, no nació en laboratorios del Primer Mundo ni con equipos de última generación. Nació en el hospital Roberto Rodríguez, de Morón.

El hombre tiene el pelo largo y la mirada quieta. No es un hombre de prisas. Cuando habla, parece que está desarmando un reloj: pieza por pieza, con una paciencia que solo dan los años de mirar dentro de cabezas ajenas.

Hay médicos que salvan vidas y médicos que, además, las entienden.

Ángel Jesús Lacerda Gallardo pertenece a ese segundo grupo, el más escaso, el que no se mide con títulos sino con la manera de mirar al otro. Por eso, cuando el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) le entregó el Premio a la Innovación Tecnológica por su trabajo en el tratamiento del traumatismo cráneoencefálico grave, nadie que lo conozca se sorprendió.

Lo sorprendente, quizá, es otra cosa: que este hombre de voz pausada, hijo de un músico mayor, se haya pasado la vida entera tratando de entender eso que nos gobierna sin pedir permiso. Eso que llamamos cerebro.

Delante del «doctor Lacerda» –como suelen llamarle quienes lo conocen y quienes no– el currículum se queda mudo. No hay hoja que imprima la pasión de sus postulados, ni resumen que atrape la sencillez redundante de sus principios.

No es contradicción. Es apenas un hombre bueno que ama al ser humano. Y también un neurocirujano que le ha sumado hallazgos a la ciencia. Un ser cabal hasta en sus rincones más apartados, esos donde, con ingenio de equilibrista, ha logrado ser padre, esposo, profesor, doctor. Todo a la vez. Todo en uno.

Lacerda Gallardo creció entre acordes y partituras como quien respira. Su padre –maestro de músicos, creador de oficio y temple– debió mirarlo alguna vez con extrañeza.

La neurocirugía fue su destino. El canto, su fuga. O quizá al revés: tal vez la música fue lo primero, y después, por algún resquicio de ese mismo temple artístico, le entró también la vocación de salvar vidas. Lo cierto es que el hijo del maestro Lacerda Adán no dejó morir la herencia: la transformó. Cambió los escenarios por los quirófanos, pero conservó la afinación del alma.

No hay oficio que haya ejercido a medias. Todos los ha vivido en grado superlativo, y con una virtud que asombra: ninguna prioridad relega al resto.

Se ha dado el lujo de presidir la sección de trauma craneoencefálico de la Sociedad Cubana de Neurología y Neurocirugía -y al mismo tiempo, tener tres hijos-. Está felizmente casado, y aun así le dedica madrugadas enteras a ampliar sus conocimientos. No es un hombre dividido: es un hombre multiplicado.

Tanta gente confía en él. Tantos creen que en su cerebro está el éxito de otros, que de sus manos, del filo de sus certezas, depende la vida que sigue. Por eso, cuando Lacerda entra al salón de operaciones y se enfrenta a los aneurismas, lleva sobre sí un peso enorme. Un peso que, hasta ahora, ha podido cargar.

Los números hablan: Con el proceder quirúrgico «Craniectomía descompresiva para la hipertensión intracraneal en el trauma craneoencefálico grave», se logró reducir la mortalidad del 80 % al 31 % y eso constituye un impacto para la salud de las personas que sufren de este tipo de traumatismo.

¿Que no tuviera ambiciones? Claro que sí. Quien diga lo contrario no ha visto sus manos sobre un cráneo abierto. De lo contrario no sería ese doctor que ha introducido en la isla depuradas técnicas científicas con nombres que erizan y cargan el peso de años de ensayo: «fijación interapofisaria translaminar percutánea», «neuromonitorización continua de la presión intracraneal en el trauma craneoencefálico». Habilidades que, traducidas al lenguaje del más simple de los mortales, significan una sola cosa: vida.

Y ahora acaba de obtener el Premio a la Innovación Tecnológica, otorgado por el Citma, con el trabajo «Tecnología para el tratamiento integral al traumatismo cráneoencefálico grave», en el que participaron otros cinco especialistas del hospital Roberto Rodríguez, de Morón.

No se crea que carece de emociones. Al contrario. Se puso tan nervioso el día que le dieron un Geely –un carro nuevo, regalado por el Ministerio de Salud–: «No me costó nada, no tuve que pagar nada», dice feliz.

Mucho. Demasiado hemos hablado hasta aquí y se me ocurre la pregunta por la que estoy sentado frente a él:

–¿Por qué el cerebro?

–Porque ahí dentro vive alguien que no conocemos –dice y se ríe–. Y ese alguien decide quiénes somos.

Recuerdo entonces lo que él mismo me contó una vez que aprendió a mirar antes que a ver. Que cuando era niño inyectaba a los vecinos con un lápiz, y que eso, de alguna manera, era ya una forma de ternura.

«La primera vez que abrí un cráneo –continúa, y sus dedos dibujan en el aire una curva que no termina– pensé: esto es un universo. Y no he dejado de pensarlo desde entonces.

«El cerebro humano se parece a un universo en miniatura: nadie ha visto sus fronteras, nadie ha contado sus estrellas. Cien mil millones de neuronas se encienden y apagan en una sinfonía que llevamos dentro sin saber cómo la dirigimos.

«Los neurocientíficos han mapeado regiones, han nombrado lóbulos, han medido sinapsis con la paciencia de cartógrafos del infinito. Pero aún no explican por qué un recuerdo emerge intacto décadas después, o por qué soñamos con rostros que nunca vimos, o cómo es posible que un hombre como Lacerda opere un aneurisma con precisión milimétrica mientras, en algún rincón de su propia cabeza, guarda la letra de una canción de Los Selectivos, el grupo musical que integré en mi infancia.

«El cerebro es, quizá, el único órgano que se estudia a sí mismo. Y ahí radica su mayor paradoja: el instrumento que intenta descifrar el misterio es, al mismo tiempo, el misterio mismo.

«Los antiguos egipcios lo desechaban durante la momificación, convencidos de que el corazón era la sede del alma. Tuvieron que pasar siglos para que aprendiéramos a nombrar la amígdala, el hipocampo, la corteza prefrontal –catedrales diminutas donde habita el miedo, la memoria, la decisión. Y todavía hoy, con resonancias magnéticas, con inteligencias artificiales que imitan sus redes neuronales, el cerebro se nos escapa como el agua entre los dedos. ¿Por qué una descarga eléctrica devuelve la luz a quien vivía en sombras depresivas? ¿Dónde se guarda eso que llamamos conciencia?

«La ciencia avanza, abre puertas, enciende luces en la oscuridad. Pero el corredor no tiene fin. El cerebro es ese universo que sigue siendo el lugar más inexplorado del ser humano. Y quizás por eso nos fascina tanto».

Hubo un día en que el doctor Ángel Lacerda sostuvo entre sus manos el origen de todo. No era un aneurisma anónimo. Era el cerebro de su madre. El mismo cerebro que lo había mimado cuando él era apenas un bebé que lloraba por leche y sueño. El mismo que le enseñó las primeras palabras –mamá, agua, luz–, que le susurró los nombres de las cosas antes de que él supiera nombrarlas. El mismo que, en algún momento de la infancia, le ordenó al niño bellaco: «siéntate», «come», «no corras». Ese cerebro. Justo ese.

Y allí estaba, abierto sobre la mesa del quirófano. Palpitante. Vivo. Con sus circunvoluciones henchidas de historia familiar. Lacerda no lo contó con estrépito, no lo publicó en revista científica alguna. Pero quien lo escuchó supo que aquello no era una cirugía: era una ceremonia.

El hijo convertido en cirujano de la mujer que le dio la vida, devolviéndole con sus manos lo que ella un día le entregó con el vientre. Los mismos dedos que aprendieron a atar zapatos ahora bailaban con precisión milimétrica sobre la corteza más amada. Y cuando al fin la madre despertó y pidió un vaso y una cuchara, Lacerda sintió que el mundo, después de tanto escalpelo y tanta ciencia, por fin tenía sentido.

«Lo más difícil –dice– no es la técnica. Lo más difícil es recordar que el otro lado del bisturí hay alguien que también ha amado».

Quedó entonces con esas imágenes que no se van: el paciente de los cinco aneurismas, las nueve horas de cirugía, aquel hombre que se salvó y que quizás hoy camina por cualquier calle de Morón sin saber que aquí, en esta sala, un médico de pelo largo todavía lo recuerda. También pienso en su madre educadora y de sentimientos sanos, en el padre músico, en las giras con Los Selectivos, en aquel guajirito que pisó grandes centros científicos y supo, con esa claridad que dan los años, que su lugar era otro. Más pequeño. Más suyo. Más adentro.

Y entonces me viene una certeza: que el doctor Lacerda no buscó ciudades, prestigios, altos centros científicos, reconocimientos… El destino estaba en una sala de operaciones, con una bata blanca que ya no es tan blanca por el sobreuso, y un estetoscopio colgando como un amuleto. Ahí, entre el silbido del ventilador y la promesa de una nueva madrugada, encontró su destino; más bien, sin buscarlo, lo construyó. Hoja por hoja. Neurona por neurona.

La comunidad científica internacional llama hoy a reflexionar en el Día Mundial de la Inmunología sobre el rol de las vacunas en la salud: 30 enfermedades e infecciones prevenidas y 150 millones de vidas salvadas desde 1974, resalta la campaña.

Bajo el lema Para cada generación, las vacunas funcionan, la Unión Internacional de Sociedades de Inmunología y la Organización Mundial de la Salud muestran “cómo las vacunas han protegido de forma segura a personas, familias y comunidades enteras durante generaciones, y cómo continúan protegiendo nuestro futuro”.

Si aumentamos la confianza, difundimos información precisa y generamos seguridad, podremos ayudar a las familias a tomar decisiones fundamentadas para protegerse a sí mismas, a sus hijos y a las generaciones venideras, alertan.

Desde hace décadas, las vacunas son unas herramientas de salud pública tremendamente eficaces. En los últimos 50 años han salvado la vida a más de 150 millones de personas, comenta el comunicado.

No es fruto del azar, sino de la decisión de muchas personas de protegerse a sí mismas, a sus hijos y a quienes las rodean frente a enfermedades como el sarampión, la difteria, la tosferina, la poliomielitis o las infecciones por rotavirus, resalta el texto.

Actualmente,nuevas vacunas contra el paludismo, la infección por el virus del papiloma humano, el cólera, el dengue, la meningitis, el virus respiratorio sincicial, el ébola y la viruela símica siguen ampliando esa protección, destacan los inmunólogos.

Gracias a los avances científicos, estas vacunas permiten salvar más vidas y contribuyen a que las personas vivan más años y con mejor salud en todas las etapas de la vida, reflexionan.

Como parte de jornada global la Unión Internacional de Sociedades de Inmunología decidió dedicar la fecha, además, a las células T reguladoras, hallazgo reconocido con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2025.

A propósito, la publicación Journal of Experimental Medicine propuso una colección de artículos sobre el tema, que incluye dos trabajos de Shimon Sakaguchi, uno de los premiados, a los que se podrá acceder.

Fuente: Cubadebate